Jueves 02 de julio. Eucarístico y Sacerdotal. Feria (verde) Nuestra Señora del Huerto.
Lecturas
Am 7, 10-17
Sal18 B (19 B), 8-11
Evangelio según San Mateo 9, 1-8
Jesús subió a la barca, atravesó el lago y regresó a su ciudad. Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: “Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados”.
Algunos escribas pensaron: “Este hombre blasfema”. Jesús, leyendo sus pensamientos, les dijo: “¿Por qué piensan mal? ¿Qué es más fácil decir: ‘Tus pecados te son perdonados’, o ‘Levántate y camina’? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.
Él se levantó y se fue a su casa. Al ver esto, la multitud quedó atemorizada y glorificaba a Dios por haber dado semejante poder a los hombres.
Ante todo, preguntémonos sencillamente qué es la fe. Luego, en el siguiente paso, averiguaremos qué relación mantiene con la Iglesia. Finalmente, comprenderemos también la vinculación que existe entre la fe, la libertad y la Iglesia. ¿Qué es la fe? Pues bien, la fe es un acto, comparable al asentimiento definitivo a un gran amor, que llega hasta el centro de la persona. Por eso se puede y se debe llamar también gracia. Como el amor, es, a la postre, un regalo, una gracia que se nos otorga. Para tenerlo no basta sencillamente decidirse por él, pues el amor posee carácter de respuesta. Por eso, se debe ante todo a otra persona que sale a mi encuentro, penetra en mí y hace que yo me abra. Su secreto radica en decir tú y llegar así a ser verdaderamente yo. El amor es, en rigor, un regalo que otra persona me hace. Por eso, estamos más extensa y profundamente interesados en él que en cualquier obra que proceda de nuestra propia decisión. De manera semejante, la fe es un sí a Dios en Jesucristo, que me contempla, me abre y me brinda la oportunidad de confiarme a Él para siempre. La fe penetra en lo más personal e íntimo, respondiendo así a la persona de Jesucristo, que me llama por mi nombre. Ahora bien, por ser absolutamente personal, está exenta de cualquier condición exclusiva y estrecha. Es ella, más bien, la que nos introduce en la comunidad. La persona de Jesucristo se me revela en sus palabras y en sus actos. La fe tiene, pues, determinados contenidos. Por esa razón, se presenta desde el principio bajo la fórmula «creo que esto es así y así». San Pablo lo ha puesto claramente de manifiesto en el capítulo 6 de la Epístola a los Romanos, es decir, en la carta en que se puede apreciar de modo particularmente claro el carácter absolutamente personal de la fe y su condición de don concedido por la gracia divina. En este capítulo San Pablo pone la fe en relación con el bautismo. De ese modo resulta fácil advertir lo siguiente: de la fe forma parte el sacramento, es decir, tanto la fusión de mi vida con la historia entera del hombre con Dios a partir de Abrahán, cuanto su simbiosis con la comunidad de oración que representa la Iglesia en el culto público que da a Dios. A todo ello sigue en el versículo 17 una afirmación de la máxima importancia para nosotros. En él se dice lo siguiente: «gracias sean dadas a Dios, porque, siendo esclavos del pecado, obedecisteis de corazón a la nueva doctrina a que os disteis».
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
