Martes 19 de mayo. Feria. Blanco.
Lecturas
Hch 20, 17-27
Sal 67 (68), 10-11.20-21
Evangelio según San Juan 17, 1-11a
A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús levantó los ojos al cielo, y oró diciendo: Padre, ha llegado la Hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti, ya que le diste autoridad sobre todos los hombres, para que él diera Vida eterna a todos los que Tú les has dado. Esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo.Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que Yo tenía contigo antes que el mundo existiera.
Manifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. Eran tuyos y me los diste, y ellos fueron fieles a tu palabra. Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, porque les comuniqué las palabras que tú me diste: ellos han reconocido verdaderamente que Yo salí de ti, y han creído que tú me enviaste. Yo ruego por ellos: no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque son tuyos.
Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío, y en ellos he sido glorificado. Ya no estoy más en el mundo, pero ellos están en él; y yo vuelvo a ti.
Dios es uno y trino. La fe cristiana añade: Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un tímido silencio envuelve en la cristiandad desde hace tiempo este punto central de su fe. ¿No ha ido la Iglesia demasiado lejos al respecto? ¿No deberíamos renunciar a penetrar en algo tan grande e impenetrable? ¿Puede significar esa idea algo para nosotros? La verdad es que esa proposición es y subsiste como expresión de la alteridad de Dios, que es infinitamente más grande que nosotros y supera nuestro pensamiento y nuestro ser. Dios es. Esta proposición significa que por encima de nuestros fines e intereses todos existe la grandeza de la verdad y la justicia, el valor de cosas a las que se priva de él en la tierra, la verdadera adoración —la adoración a Dios , que protege al hombre de la dictadura de los fines y de la de los ídolos. Dios es. Ello significa, junto a todo lo anterior, que todos somos criaturas suyas. Exclusivamente criaturas, pero, como tales, con un origen divino. Somos criaturas queridas por Él y destinadas a la eternidad: también el vecino, la persona acaso poco simpática que vive junto a mí. El hombre no procede del azar, ni de la mera lucha por la existencia, que da el triunfo al más apto, al que puede imponerse, sino del amor creador de Dios. Dios es. Esa afirmación quiere decir que Dios puede obrar —y obra de un modo absolutamente real ahora, en este mundo y en nuestra vida. ¿Confiamos en Él? ¿Lo consideramos como realidad en el cálculo de nuestra existencia, de nuestra vida cotidiana? ¿Hemos entendido el significado de la primera tabla de los diez mandamientos —la verdadera exigencia fundamental de la vida humana—, hemos comprendido adecuadamente los tres primeros ruegos del Padrenuestro, que recogen la primera tabla y quieren convertirlos en la dirección fundamental de nuestro espíritu y de nuestra vida?
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
