Martes 21 de julio. Feria o ML (Verde-blanco) San Lorenzo de Brindis, presbítero y doctor de la Iglesia
Lecturas:
Miq 7, 14-15.18-20
Sal 84 (85), 2-8
Evangelio según San Mateo 12, 46-50
Jesús estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con Él. Alguien le dijo: “Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte”.
Jesús le respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”.
EI dolor y la enfermedad pueden paralizar al hombre en cuanto hombre y descomponerlo no sólo físicamente, sino también psíquica y espiritualmente. Mas también pueden destruir la vanidad, el embotamiento del espíritu y llevar al hombre hasta el descubrimiento de sí mismo. El auténtico secreto en que se decide lo humano es la capacidad para aceptar el dolor. Gracias a ella el hombre se torna este hombre concreto y se enfrenta inevitablemente al hecho de que no dispone de su propia vida, de que ni siquiera ella es verdaderamente suya. El hombre puede responder a esta realidad con obstinación, intentando procurarse poder y abrazando de ese modo una ira desesperada como actitud fundamental. Mas también puede responder intentando confiar en el poder ajeno y dejarse conducir sin temor, sin mirar angustiosamente alrededor para buscarse a sí mismo. De ese modo, su actitud frente al dolor, frente a la presencia de la muerte en medio de la vida, se funde con la actitud fundamental que llamamos amor. En la medida en que se esfuerza por ser amado y se remite al amor como verdadero alimento de su alma, se percibe con claridad que al hombre le resulta imposible disponer de su propia vida no sólo en el límite físico de la misma que la enfermedad le hace percibir, sino en el ámbito fundamental de lo humano. Ahora bien, el amor, aquello que como hombre más necesita, no lo puede tampoco producir por sí mismo. Debe esperarlo, teniendo presente que no lo conseguirá mientras quiera procurárselo por sí mismo. Por tener esta ineludible necesidad puede volver a encolerizarse. Por eso, cabe que quiera sacudírsela y reducirla a ese estado de apaciguamiento de las necesidades que se puede alcanzar sin la aventura del espíritu y del corazón. Mas puede también, por el contrario, aceptar y abrirse a ella confiadamente en la certeza de que la fuerza que lo ha querido tampoco lo engañará.
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
