Lunes 18 de Mayo. San Juan I Papa y mártir. F o ML (Bco o Rojo)
Lecturas
Hch 19, 1-8
Sal 67 (68), 2-5ac.6-7ab
Evangelio según san Juan 16, 29-33
A la Hora de pasar de este mundo al Padre, los discípulos le dijeron a Jesús: “Por fin hablas claro y sin parábolas. Ahora conocemos que Tú lo sabes todo y no hace falta hacerte preguntas. Por eso creemos que Tú has salido de Dios”.
Jesús les respondió: “¿Ahora creen? Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Les digo esto para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán que sufrir; pero tengan valor: Yo he vencido al mundo”.
EI «Espíritu Santo» procura entendimiento, pues es el amor que procede de la cruz, de la autorrenuncia de Jesucristo. En este momento no es preciso reflexionar detenidamente sobre las relaciones dogmáticas que abre la anterior afirmación. Para nuestro propósito puede bastar con recordar la fórmula con que San Agustín trató de resumir la esencia del relato de Pentecostés: la historia universal —dice el filósofo— es una lucha de dos distintos amores, el amor a sí mismo hasta el extremo de odiar a Dios y el amor a Dios hasta el punto de renunciar a sí mismo. El segundo es la salvación del mundo y de sí propio. A mi juicio, el día de Pentecostés sería una fecha preñada de sentido si, por encima del consumo irreflexivo del tiempo libre, nos pusiera frente a nuestra responsabilidad; si más allá del entendimiento, del saber planificable y acumulable, nos llevara de nuevo a descubrir el «espíritu», la responsabilidad frente a la verdad, frente a los valores de la conciencia y del amor. Incluso si al principio no fuéramos capaces de encontrar, más allá de todo ello, lo cristiano en sentido estricto, tocaríamos de algún modo el borde de Cristo y de su Espíritu. A la larga, ni la «verdad» ni el «amor» pueden existir atópicamente en el espacio vacío. Habida cuenta de que son la medida permanente y la esperanza del hombre, no son una parte de la historia mudable, sino el punto de referencia del movimiento histórico. Ni la verdad ni el amor son nociones lejanas, sino ideas que tienen un rostro, nos llaman, son «amor» en sí mismas, es decir, son persona. Por todo ello, el Espíritu Santo es verdaderamente «espíritu» en la plenitud de significado que sólo esta palabra puede indicar. El cambio profundo experimentado por el mundo tal vez aconseje acercarnos a El de un modo completamente nuevo. A muchos les parecerá imposible seguramente recorrer el camino hasta el final, hasta la «sobria embriaguez» de la fe de Pentecostés. Con todo, la apremiante pregunta de Pentecostés, que sacude el espantoso «sueño de las conciencias» de que habla Pierre Henri Simon, debería y tendría que interesarnos a todos: el viento tempestuoso de Pentecostés nos arrastra también hoy —especialmente hoy— a todos.
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
