Domingo 17 de Mayo. Solemnidad. Ascensión del Señor. 7ma Semana del Tiempo Pascual. Jornada mundial de las comunicaciones sociales.
Lecturas
Hch 1, 1-11
Sal 46 (47), 2-3.6-9
Ef 1, 17-23
Evangelio según san Mateo 28, 16-20
Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de Él; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.
Gracias a la tradición figurativa de occidente conocemos aquellas imágenes soberbias y candorosas en las que, por encima de las cabezas de los discípulos, se veían tan sólo los pies de Jesús sobresaliendo de las nubes. Las nubes, por su parte, eran un círculo oscuro por fuera y una luz flameante por dentro. La ingenuidad aparente de esta representación Permite intuir, a mi juicio, algo hondo. Todo lo que vemos de Jesús en el tiempo histórico son sus pies y las nubes.
Ocupémonos de los pies. ¿Qué significado tienen? Ante todo, nos sentimos impulsados a evocar una singular proposición del relato de la resurrección del Evangelio de San Mateo, en el que se dice que las mujeres sujetaron los pies del Señor resucitado y lo adoraron. Como resucitado, el Señor se eleva sobre la extensión terrenal, sólo podemos tocar sus pies, y los tocamos al adorarlo. Orando, se podría pensar al respecto, seguimos sus huellas y nos acercamos a sus pasos. Rezando nos aproximamos a Él, lo tocamos, si bien en este mundo sólo podemos hacerlo desde abajo, digámoslo así, a distancia, siguiendo las hueIlas de sus pasos en la tierra. Mas también se torna evidente que no podemos encontrar las huellas de Cristo mientras miremos hacia abajo exclusivamente, midiendo únicamente las pisadas y queriendo aprehender la fe en lo palpable. El Señor es movimiento hacia arriba. Sólo moviéndonos, alzando la mirada y ascendiendo podremos conocerlo. Si leemos a los Padres de la Iglesia, comprobaremos la necesidad de añadir algo importante a todo lo anterior: la auténtica ascensión del ser humano tiene lugar precisamente cuando, entregándose humildemente a los demás, aprende a humillarse, a inclinarse a los pies, como hizo Jesús en el lavatorio. La humildad capaz de inclinarse es precisamente la que lleva al hombre hacia arriba.
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
