Martes 14 de Abril – Feria – Blanco
Lecturas:
Hechos 4, 32-37
Sal 92 (93), 1-2.5
Evangelio según san Juan 3, 7b-15
Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto.»
«El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»
«¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo.
Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio.
Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo?
Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.
De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna.»
El renacimiento espiritual – El discernimiento espiritual.
El señor se brinda en persona como regalo. Por eso debemos corresponderle con una respuesta viva. Eso significa, ante todo, que la Eucaristía debe traspasar los límites de la Iglesia y estar presente en las múltiples formas de servicio al hombre y al mundo. Mas, al propio tiempo, significa que nuestra piedad y nuestra oración requieren determinada expresión corporal. Habida cuenta de que el Señor resucitado se nos da con su cuerpo, nosotros debemos responderle con cuerpo y alma. Todas las posibilidades espirituales de nuestro cuerpo forman parte necesariamente de la figura de la Eucaristía: cantar, hablar, guardar silencio, sentarse, ponerse de pie, arrodillarse. Hace tiempo acaso descuidáramos en exceso el cantar y el hablar y nos limitásemos a permanecer en silencio unos junto a los otros. Hoy día, en cambio, existe el peligro de que olvidemos el silencio. Sin embargo, todo ello conjuntamente —cantar, hablar, guardar silencio— constituye la respuesta en la que se abre al Señor la plenitud de nuestro cuerpo espiritual. Lo mismo se puede decir de las tres posturas corporales fundamentales: sentarse, ponerse de pie, arrodillar-se. Como en el caso anterior, hace algún tiempo tal vez olvidáramos con demasiada frecuencia que estar de pie y sentarse son también expresiones de una escucha atenta. Por eso permanecíamos casi siempre de rodillas. Hoy nos hallamos al respecto frente al peligro contrario. Y, sin embargo, también aquí son necesarias las tres posturas. Es propio de la liturgia escuchar sentados —meditando sobre su sentido-y penetrar en la palabra de Dios. También forma parte de ella ponerse de pie, como expresión de que está dispuesto, de igual modo que Israel comió de pie el Cordero Pascual para mostrar su disposición a partir bajo la dirección de la palabra de Dios. Por último, arrodillarse es también esencial como ademán corporal de adoración. En ella permanecemos erguidos, dispuestos, disponibles, y, al propio tiempo, nos inclinamos ante la grandeza del Dios vivo y de su nom-bre. «Para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos»
(Carta a los Filipenses 2,10).
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
