Martes 02 de Junio. Santos Marcelino y Pedro, mártires (Rojo)
Lecturas
2 Pedro 3, 11b-15a.17-18
Sal 89 (90), 2-4.10.14.16
Evangelio según San Marcos 12, 13-17
Le enviaron a Jesús unos fariseos y herodianos para sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones. Ellos fueron y le dijeron: “Maestro, sabemos que eres sincero y no tienes en cuenta la condición de las personas, porque no te fijas en la categoría de nadie, sino que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios. ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? ¿Debemos pagarlo o no?”
Pero Él, conociendo su hipocresía, les dijo: “¿Por qué me tienden una trampa? Muéstrenme un denario”.
Cuando se lo mostraron, preguntó: “¿De quién es esta figura y esta inscripción?”.
Respondieron: “Del César”. Entonces Jesús les dijo: “Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios”. Y ellos quedaron sorprendidos por la respuesta.
EI hombre tiene necesidad de la contemplación, de detenerse contemplativamente reposo en el que casi toca lo contemplado— para descubrir el misterio de Dios. Debe entrar en la «escala» del cuerpo para descubrir en ella el camino al que le invita la fe. A partir de los problemas del presente se podría decir de modo aclaratorio lo siguiente: la llamada religiosidad objetiva de la realización solemne y comunitaria de la liturgia no es suficiente (. . . ). De acuerdo con sus peculiares exigencias, la liturgia misma puede celebrarse únicamente si ha sido preparada y está acompañada de momento de meditación. En ellos, el corazón empieza a ver y a entender, de suerte que los propios sentidos quedan incluidos en la contemplación del corazón. «Sólo se ve bien con el corazón», como hace decir Saint-Exupéry a su Principito, que se puede interpretar como símbolo de un género de vuelta a la infancia que, desde la locura inteligente del mundo adulto, logra orientarse de nuevo hacia lo verdadero del hombre, hacia aquello que se sustrae al mero entendimiento (.. .). El incrédulo Tomás, que necesita ver y tocar para poder creer, introduce sus manos en el costado abierto del Señor. Ahora, al tocar, reconoce lo intangible y lo toca realmente, contempla lo invisible y lo ve realmente: «Señor mío y Dios mío» (Ioh 20,28). San Buenaventura ha trasladado este acontecimiento desde aquel momento singular a la vida de cada uno de nosotros: «La herida del cuerpo indica la herida espiritual… iContemplemos a través de la herida visible la invisible herida del amor! Todos nosotros somos el incrédulo Tomás, pero todos podemos, como él, tocar el corazón abierto de Jesús y, en él, percibir y contemplar el logos mismo y, así, con las manos y los ojos orientados hacia su corazón, llegar a este acto de fe: Señor mío y Dios mío».
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
