Miércoles 3 de junio – San Carlos Lwanga y compañeros, mártires (MO) Rojo
Del Martirologio Romano
Memoria de los santos Carlos Lwanga y doce compañeros, todos ellos de edades comprendidas entre los catorce y los treinta años, pertenecientes a la corte de jóvenes nobles o al cuerpo de guardia del rey Mwanga, que, como neófitos o seguidores de la fe católica, por no ceder a los deseos impuros del monarca, murieron en la colina Namugongo, en Uganda, degollados o quemados vivos. (1886)
Lecturas
2 Timoteo 1, 1-3.6-12
Sal 122 (123), 1-2
Evangelio según San Marcos 12, 18-27
Se acercaron a Jesús unos saduceos, que son los que niegan la resurrección, y le propusieron este caso: “Maestro, Moisés nos ha ordenado lo siguiente: “Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda”.
Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda y también murió sin tener hijos; lo mismo ocurrió con el tercero; y así ninguno de los siete dejó descendencia. Después de todos ellos, murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?”
Jesús les dijo: “¿No será que ustedes están equivocados por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios? Cuando resuciten los muertos, ni los hombres ni las mujeres se casarán, sino que serán como ángeles en el cielo. Y con respecto a la resurrección de los muertos, ¿no han leído en el Libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, lo que Dios le dijo: “Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”? Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes. Ustedes están en un grave error”.
Según la fe cristiana, con Cristo ha entrado en la historia el mismo Dios. Con Él han comenzado las postrimerías. El fin de los tiempos está presente ya. De la peregrinación de los pueblos al Monte Sión nace la peregrinación de Dios hacia los pueblos. El universalismo deja de ser mera visión de lo porvenir, debe ser transformado en hechos concretos con la fe en la actualidad del fin de los tiempos. Los Padres de la Iglesia entienden el acontecimiento de Cristo como un misterio de unificación: el pecado fue separación que recluyó a cada individuo en su propio egoísmo; fue la idolatría de «Babilonia». Frente a ello, la fe significa el mensaje de la unidad que supera todas las barreras y procura entendimiento en un espíritu por encima de cualquier barrera: «solo un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, que esté sobre todos, por todos y en todos» (Carta a los Efesios 4,5). Se puede comprender la fascinación originada y la esperanza despertada por una noticia semejante La predicación de Jesús no fue, en princiPio, el anuncio de la Iglesia de los pueblos, sino la proclamación del reino de Dios. El fenómeno conmovedor, sobre el que la Teología no reflexiona desde hace tiempo, de que el anuncio del reino de Jesús, cuyo primer rechazo fue la crucifixión —pese a lo cual fue ofrecido de nuevo tras la resurrección y rechazado definitivamente por Israel— sólo puede existir en el modo de estar en camino hacia los pueblos. Lo mismo hay que decir de la noticia de Jesús. A esta situación del mensaje, su estar en camino hacia las naciones, es a lo que llamamos Iglesia (.. .). La Iglesia nació como la nueva figura de la promesa, que a fin de cuentas no puede querer más que lo que fue la sagrada misión de Israel: ser luz de los pueblos en el testimonio de la pasión y en el servicio del amor.
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
