Sábado 4 de Julio. Santa Isabel de Portugal. Santa María en sábado. Feria o ML (blanco).
Lecturas
Am 9, 11-15
Sal 84 (85), 9.11-14
Evangelio según San Mateo 9, 14-17
Se acercaron los discípulos de Juan Bautista y le dijeron: “¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacemos nosotros y los fariseos?”
Jesús les respondió: “¿Acaso los amigos del esposo pueden estar tristes mientras el esposo está con ellos? Llegará el momento en que el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.
Nadie usa un pedazo de género nuevo para remendar un vestido viejo, porque el pedazo añadido tira del vestido y la rotura se hace más grande.
Tampoco se pone vino nuevo en odres viejos, porque los odres revientan, el vino se derrama y los odres se pierden. ¡No, el vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan!
Cuando decimos «Dios me ama», no deberíamos sentir únicamente la responsabilidad, el temor de ser indignos de su amor, sino también tomar la palabra del amor y de la gracia en toda su grandeza y en su sinceridad absoluta. Tras ellas se esconde nada menos que esta espléndida realidad: Dios es el que perdona, el bondadoso. Como consecuencia de una falsa pusilanimidad pedagógico-moral, tal vez hayamos rodeado en exceso de dispositivos de seguridad la espléndida parábola de la distribución: la parábola del acreedor que perdona una deuda millonaria, la del pastor que va en busca de la oveja perdida y la de la mujer que se alegra más por el dracma perdido y vuelto a encontrar que por todo lo que nunca ha perdido. La audacia de estas parábolas retrocede ante el coraje de la vida de Jesús, que se pone especialmente de manifiesto cuando descubrimos al publicano Leví y a Magdalena, la mujer pública, entre sus discípulos más cercanos. En la audacia de ese mensaje están incluidas, sin embargo, las dos cosas que necesitamos. Para el verdaderamente creyente resulta claro que no es posible emplear la seguridad del perdón divino como salvoconducto para el desenfreno, de igual modo que el amante no se aprovecha de la firmeza del amor del amado, sino que se siente irresistiblemente exhortado a ser, en la medida de sus fuerzas, digno de ese amor.
Ahora bien, querer de ese modo —algo a lo que nos desafía la fe en el amor— no descansa en temor alguno, sino en la absoluta y gozosa certeza de que Dios es verdaderamente —no sólo como contenido de una frase piadosa— mejor que nuestro corazón (Epístola I de San Juan 3,20)
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
