Señor, danos la gracia de llevar la Buena Noticia de prisa y con alegría como María Magdalena.
Miércoles 22 de julio. Fiesta (Blanco) Santa María Magdalena. Fiesta (blanco) Dia dedicado a San José.
Lecturas:
Cant 3, 1-4a o bien 2 Corintios 5, 14-17
S.R. 62 (63), 2-6.8-9
Evangelio según San Juan 20, 1-3.11-18
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro.
María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús.
Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.
Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo».
Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir, «¡Maestro!».
Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: “Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes”».
María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.
María Magdalena, la mujer afligida y conturbada, ha comprobado que la tumba está vacía sin haber sido saqueada. No puede explicarse lo que ha ocurrido, por eso llama a los discípulos, que tampoco comprenden nada. Después, María Magdalena ve de nuevo a un hombre, muy probablemente al jardinero. Únicamente la llamada de Su voz le permite reconocer a Jesús. Es posible que esto sea extraño. Sin embargo, coincide con un rasgo característico repetido con enorme frecuencia en los relatos de la resurrección: los dos discípulos que van hacia Emmaús caminan asimismo con el Señor sin reconocerlo. Sin embargo, al partir el pan ven claro. Pero en el momento en que lo reconocen, se retira. A través de estas observaciones se percibe de modo evidente que Jesús no es simplemente un muerto que ha regresado, como Lázaro o el joven de Naín. De ser ése el caso, no entrañaría problema alguno reconocerlo después de dos días. Jesús no enlaza sencillamente con el momento en que ha terminado el Viernes Santo. Jesús vive de nuevo y, sin embargo, es Él mismo. Mas sólo cuando el corazón adquiere la capacidad de ver pueden los ojos reconocerle. Todo ello se ve de modo completamente claro en el posterior diálogo entre Jesús y Magdalena. La llamada de Cristo, en la que la nombra por su, nombre, la despierta y le devuelve la vista. Ahora se debe olvidar la cruz. Con todo, responde «maestro» y espera que todo sea como antes. «Deja ya de tocarme», le dice el resucitado. Tal vez habría que traducir más exactamente: «No intentes retenerme, pues aún no he subido a mi Padre; pero vete a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios» (20,17). ¿Qué significa esto? Tras el feliz reencuentro del día de Pascua, Magdalena quiere sencillamente retornar a la comunidad con la que está familiarizada desde antiguo, dejar la cruz tras de sí como si de un lúgubre sueño se tratara. Quiere de nuevo a «su Maestro» como los días anteriores. Sin embargo, ese deseo suyo está en contradicción con la esencia de lo que ha ocurrido. Después de la cruz ya no se puede querer tener a Jesús como ´´el Rabbí´. Él se ha elevado al Padre y se ha abierto a todos los hombres. Se le puede tocar tan sólo como alguien que está junto al Padre, que ha subido al cielo. Se le puede tocar buscándole junto al Padre, dejándose encaminar por Él. Tocar significa ahora; adorar.
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
