Miércoles 22 de Abril Feria. Blanco
Lecturas
Hch 8, 1b-8
Sal 65 (66), 1-3a.4-7a
Evangelio según San Juan 6, 35-40
La gente preguntó a Jesús: «¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: “Les dio de comer el pan bajado del cielo”.»
Jesús respondió: «Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo.»
Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»
Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.»
Confiar en Dios, que nos ama, que en Jesucristo ha asumido la naturaleza humana, es al propio tiempo profesión de fe y seguridad de vida eterna. Y si tenemos fe en la vida eterna, hacemos profesión de fe en el Dios vivo. Dado que existe Dios, sabemos que nos llama y nos ve, que no caminamos hacia la nada. A partir de aquí la fe en la vida eterna deviene una afirmación enteramente práctica, no una teoría acerca de algo que acontecerá alguna vez. Por eso, fue conveniente y oportuno que la Congregación de la Fe, en Roma, nos recordará de nuevo a toda la humanidad la fe en la vida eterna, que se identifica con la fe en el Dios hecho hombre que nos ha amado hasta la muerte. Fue correcto y necesario que se nos recordara que la medida del hombre se llama eternidad, que hay cielo, infierno y purgatorio, que el hombre tiene un alma que no se descompone con el cuerpo, sino que es portadora de un ser objeto del amor de Dios, es decir, es portadora de la resurrección. Es una afirmación práctica, porque todas las dimensiones de nuestra vida se definen a partir de ella. Ello significa que hemos de vivir en lo imperecedero (…).
La fe aspira —como, por lo demás, todo amor entre Cristo y nosotros— a que haya un intercambio de vida, a que nuestra vida se inscriba en la suya y la suya en la nuestra, a que estén en vigor las palabras que Santa Teresa escuchó dentro de sí misma como palabras del Señor: «¡No te aflijas, mis asuntos son los tuyos y los tuyos son míos!» Debiéramos vivir de modo que fuera posible este intercambio de vida, que nuestros asuntos se tornaran suyos y los suyos nuestros y nuestra vida fuera inseparable de la suya, pues sólo así sería una vida verdadera.
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
