Martes 21 de Abril. Feria o ML. Blanco. San Anselmo, ob y doctor de la Iglesia
Lecturas
Hch 7, 51—8, 1a
Sal 30 (31), 3cd-4.6.7b.8a.17.21ab
Evangelio según San Juan 6, 30-35
La gente preguntó a Jesús: «¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: “Les dio de comer el pan bajado del cielo”.»
Jesús respondió: «Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo.»
Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan.»
Jesús les respondió: «Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.»
El acto de fe es una acción hondamente personal anclado en la profundidad más íntima del yo humano. Más, por ser absolutamente personal, es también un acto de comunicación. En su esencia más profunda, el yo está referido siempre al tú. Y también a la inversa: la relación efectiva que se torna «comunión» puede nacer únicamente en la profundidad de la persona. El acto de fe es participación en la visión de Jesús, apoyarse en El. Juan, que se recuesta en el pecho de Jesús, es el símbolo de lo que significa la fe.
La fe es comunión con Jesús y, por lo mismo, liberación de la represión opuesta a la verdad y de la curvatura de mi propio yo sobre sí mismo para orientarlo y disponerlo para que responda al Padre, asienta al amor y al ser y pronuncie el sí que es nuestra salvación y tiene la capacidad de vencer al «mundo».
Consecuentemente, la te es en su más íntima esencia «estar con», evasión del aislamiento de mi yo, que es su enfermedad. El acto de fe es apertura hacia la lejanía, rompimiento de la puerta de mi subjetividad.
San Pablo lo ha descrito con estas palabras: «ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Epístola a los Gálatas 2,20). El yo que se anula a sí mismo se reencuentra en un nuevo Yo màs egregio. En este Yo renovado, al que he llegado por la renovación de la fe, no sólo me encuentro unido con Jesús, sino con todos los que han recorrido el mismo camino. Dicho de otro modo: la fe es necesariamente la fe de la Iglesia, vive y se mueve en el «nosotros» de la Iglesia, que es uno con el yo de Jesucristo. En este nuevo sujeto se derrumba el muro entre el yo y los demás y se desploma la barrera entre el yo y la profundidad del ser.
En este nuevo sujeto yo soy coetáneo de Jesús, y las experiencias de la Iglesia todas me pertenecen también a mí, se han convertido en experiencias propias.
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año
(Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
