Miércoles 24 de junio. Solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista. Blanco.
Lecturas
Is 49, 1-6
Sal 138 (139), 1-3.13-15
Hch 13, 22-26
Evangelio según san Lucas 1, 57-66.80
Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella.
A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: «No, debe llamarse Juan».
Ellos le decían: «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre». Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: «Su nombre es Juan». Todos quedaron admirados.
Y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea.
Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: «¿Qué llegará a ser este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él.
Tus oraciones han sido atendidas, dice el Arcángel Gabriel a Zacarías en el momento de anunciarle el nacimiento de su hijo, de Juan el Bautista. A mi juicio, esa proposición debe hacernos reflexionar profundamente. El nacimiento del hijo de Zacarías es una respuesta a la llamada que el hombre dirige al Señor. La oración no cae en el vacío. No es algo semejante a una psicoterapia con la que intentamos concentrar nuestras fuerzas espirituales para ajustarlas de nuevo, ni género alguno de ficción para realizar un ejercicio espiritual y alcanzar el sosiego del espíritu. La oración apunta a la realidad. Es oída y atendida. Dios es, pues, el ser que tiene el poder, la capacidad, la voluntad y la paciencia de escuchar al hombre. Es tan grande, que puede asistir incluso a lo más pequeño. Aunque el mundo tenga un orden fijo, no podrá sustraerse nunca al poder del amor, que es el poder de Dios. Dios puede responder. Tal vez quepa dar todavía un paso más y decir que la acción de Dios es respuesta siempre a la llamada devota del hombre. Y ello no porque Dios tenga las maneras de un gran señor, que quiere que se le ruegue antes de conceder algo.
En modo alguno. Debe ser así por interna necesidad, es decir, porque sólo cuando el hombre se torna devoto, va más allá de sí mismo, renuncia a sí, percibe a Dios como realidad y se abre a Él, abre la puerta del mundo a Dios y surge el espacio en que puede obrar en nosotros y por nosotros. Dios está siempre a nuestro lado, pero nosotros no estamos siempre junto a Él, dice San Agustín. Sólo cuando aceptamos su presencia, abriéndole nuestro ser en la oración, puede la acción de Dios tornarse efectivamente obra divina en nosotros y por nosotros.
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
