Jueves 07 de mayo. Feria. Blanco.
LECTURAS
Hch 15, 7-21
Sal 95 (96), 1-3.10
Evangelio según San Juan 15, 9-11
A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como Yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.»
El Señor se brinda en persona como regalo.
Por eso debemos corresponderle con una respuesta viva. Eso significa, ante todo, que la Eucaristía debe traspasar los límites de la Iglesia y estar presente en las múltiples formas de servicio al hombre y al mundo. Mas, al propio tiempo, significa que nuestra piedad y nuestra oración requieren determinada expresión corpo-ral. Habida cuenta de que el Señor resucitado se nos da con su cuerpo, nosotros debemos responderle con cuerpo y alma. Todas las posibilidades espirituales de nuestro cuerpo forman parte necesariamente de la figura de la Eucaristía: cantar, hablar, guardar silen-cio, sentarse, ponerse de pie, arrodillarse. Hace tiempo acaso descuidáramos en exceso el cantar y el hablar y nos limitásemos a permanecer en silencio unos junto a los otros. Hoy día, en cambio, existe el peligro de que olvidemos el silencio. Sin embargo, todo ello conjuntamente —cantar, hablar, guardar silen-
cio— constituye la respuesta en la que se abre al
Señor la plenitud de nuestro cuerpo espiritual. Lo mismo se puede decir de las tres posturas corporales fundamentales: sentarse, ponerse de pie, arrodillar-. se. Como en el caso anterior, hace algún tiempo tal vez olvidáramos con demasiada frecuencia que estar de pie y sentarse son también expresiones de una escucha atenta. Por eso permanecíamos casi siempre de rodillas. Hoy nos hallamos al respecto frente al peligro contrario. Y, sin embargo, también aquí son necesarias las tres posturas. Es propio de la liturgia escuchar sentados —meditando sobre su sentido — y penetrar en la palabra de Dios. También forma parte de ella ponerse de pie, como expresión de que está dispuesto, de igual modo que Israel comió de pie el Cordero Pascual para mostrar su disposición a partir bajo la dirección de la palabra de Dios. Por último, arrodillarse es también esencial como ademán corporal de adoración. En ella permanecemos erguidos, dispuestos, disponibles, y, al propio tiempo, nos inclinamos ante la grandeza del Dios vivo y de su nom-bre. «Para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos» (Carta a los Filipenses 2,10).Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
