Lunes 04 de mayo. Feria. Blanco
Lecturas
Hch 14, 5-18
Sal 113B (115), 1-4.15-16
Evangelio según San Juan 14, 21-26
A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús dijo a sus discípulos: «El que recibe mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y Yo lo amaré y me manifestaré a él.»
Judas -no el Iscariote- le dijo: «Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?»
Jesús le respondió: «El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió.
Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.»
14.5 La excelsitud del Espíritu Santo no es una grandeza aislada ni aislable. Su ser consiste en remitirnos a la unidad del Dios uno y trino. En la historia de la salvación, que recorremos de Navidad a Pascua, el Padre y el Hijo aparecen desempeñando funciones opuestas: el Padre enviando al Hijo y el Hijo obedeciendo al Padre. Por su parte, el Espíritu no representa una nueva función junto o entre el Padre y el Hijo. El Espíritu nos conduce a la unidad de Dios. .
Mirar al Espíritu Santo significa superar la mera oposición y reconocer el círculo del amor eterno, que es suprema unidad. Para hablar del Espíritu es preciso hacerlo de la Santísima Trinidad. Aun cuando la doctrina del Espíritu Santo entraña en cierto sentido una corrección de un unilateral cristocentrismo, la enmienda en cuestión consiste en que el Espíritu nos enseña a ver enteramente a Cristo en el misterio de la Santísima Trinidad: como nuestro camino hacia el Padre en el permanente diálogo del amor con El. El Espíritu Santo remite a la Trinidad y, al hacerlo así, también a nosotros, pues el Dios trinitario es el arquetipo de la nueva humanidad unida, el arquetipo de la Iglesia, cuya palabra fundacional es el siguiente mandamiento de Jesús: «para que sean uno con nosotros como nosotros somos uno» (Ioh 17,11; 21,22).
La Trinidad es medida y fundamento de la Iglesia. Ésta debe proponerse como fin las palabras del día de la creación «hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza». En ella, la humanidad, que desunida deviene contrafigura de Dios, se torna de nuevo el Adán único, cuya imagen —como dicen los Padres— fue destruida por el pecado y sus trozos se hallan esparcidos por el suelo. La dimensión divina del hombre debe manifestarse de nuevo en ella: unidad «como nosotros somos uno»
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
