Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

¿No es este el hijo del carpintero?

Viernes 01 de Mayo. Feria o ML. San José, obrero.

Lecturas
Gn 1, 26 —2, 3 o Col 3, 14-15.17.23-24
Sal 89 (90), 2-4.12-14.16

Evangelio según san Mateo 13, 54-58
Al llegar a su pueblo, Jesús se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal manera que todos estaban maravillados.
«¿De dónde le vienen, decían, esta sabiduría y ese poder de hacer milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? ¿Su madre no es la que llaman María? ¿Y no son hermanos suyos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Y acaso no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde le vendrá todo esto?»
Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo.
Entonces les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo y en su familia.»
Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la falta de fe de esa gente.

Era cabeza de familia y un hombre pobre.
Como cabeza de familia sobre él recaía la responsabilidad de mantener con decoro a los suyos, y como pobre no tenía otro capital que el conocimiento de un oficio, capital al que había que hacer rendir mediante el tra-bajo. Y hasta en éste se traduce esa especie de sello personal de José que es lo obvio, lo sencillo (que no es lo mismo que lo fácil).
Perseveró siempre en el mismo trabajo, como si se hubiera impuesto a sí mismo ser fiel a aquel consejo del Eclesiástico (11, 21) que decía: «sé constante en tu oficio y vive en él, y envejece en tu profesión». Toda una vida trabajando, pero a gusto y sin dar mayor importancia a lo que fue un servicio continuado no sólo —aunque principalmente— a Jesús y María, sino a todo el que necesitara de su habilidad y de su esfuerzo.
Hay modos y modos de trabajar, y el trabajo se puede hacer con resentimiento, con indiferencia y casi mecánicamente, o con poco o ningún interés, pero también con gusto. Por lo general, sólo el trabajo que se hace con gusto es un buen trabajo, porque entonces ese trabajo se ama. Hay una enorme dignidad en el trabajo, y esta dignidad —como recordó Mons. Escrivá de Bala-guer- «está fundada en el amor», porque es el amor a la obra bien hecha lo que es capaz de dignificar el más humilde de los quehaceres… y a quien lo ejecuta.
Pues siendo el trabajo la actividad a la que Jesús dedicó la mayor parte de su vida, fue santificado por El y dotado de un valor de redención; por tanto, es algo capaz de trascender los límites puramente naturales y convertirse en una ofrenda a Dios y, lo que todavía es más aún, en una colaboración en la obra redentora. A condición, sin embargo, de que realmente esté hecho con amor, pues es éste, el amor, el que despoja al trabajo de la carga de servilismo que pueda arrastrar y lo convierte en un servicio.

No importa que un trabajo sea humilde, nada vistoso, poco apreciado. Los trabajos más selectos suelen ser los menos necesarios para la generalidad de los hombres, y por ello mismo los más superfluos. Es más necesario, y presta un mayor servicio, hacer pan que diseñar una joya; es más útil un armario que una figurilla de porcelana, y desde luego puede prescindirse más fácilmente en cualquier hogar de una lámpara de cristal tallado que de una mesa.
Es cierto que hay oficios que los hombres llaman nobles, y otros que se consideran viles; trabajos liberales y trabajos serviles, trabajos intelectuales y trabajos manuales. Pero también es cierto que, a los ojos de Dios, son otras las cosas que cuentan, pues «al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora». Esta es la razón por la que el autor de estas palabras, Monseñor Escriva de Balaguer (a quien pienso que se debe la más fecunda clarificación acerca del trabajo como vocación cristiana, y también una de las más pródigas en consecuencias), afirmaba que la eficacia de un trabajo la medía por los resultados que tenía en orden a la santificación de quien lo realizaba. Y así, tampoco puede dejarse de lado otra importante y aleccionadora consecuencia, a saber: que la categoría de un trabajo no reside en que sea de una clase u otra, sino en el amor que se ponga al hacerlo, en el amor con que se haga.

Y el trabajo no siempre es fácil de amar si está ausente la referencia a Dios y al plan de Dios.
Es verdad que no siempre es posible sentir satisfacción cuando se realiza el trabajo, o por el trabajo realizado. Quizá muchas veces no podamos ofrecer a Dios más que la propia fatiga, el cansancio que deja en nosotros el esfuerzo sostenido, el trabajo de cada día, siempre el mismo, que ni siquiera llega a tener el aliciente de una cierta nove-dad, o la ilusión de que es algo cuyo mérito acabará por ser apreciado. Una fatiga que no es gloriosa como es, por ejemplo, la del deportista al final de una prueba, un cansancio tan poco glorioso como la tarea que lo ocasiona. No importa. José de Nazaret pasó por todo eso, y hasta quizá por otra clase de sinsabores en su trabajo, además. También Jesús conoció el cansancio y la fatiga del taller, y la monotonía de los días sin relieve y sin historia. Y con todo, jamás hubo tarea más fructífera que la de José

Suárez, F. (1982). José, esposo de María. Rialp.

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