Sábado 02 de mayo.. MO (Blanco) San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia
Lecturas
Hch 13, 44-52
Sal 97 (98), 1-4
Evangelio según San Juan 14, 7-14
A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús dijo a sus discípulos: «Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.»
Felipe le dijo: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.» Jesús le respondió: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen?
El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que Yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras.
Créanme: Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras.
Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que Yo hago, y aún mayores, porque Yo me voy al Padre. Y Yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, Yo lo haré.»
4.5 Lo característico de la Iglesia no es que en ella haya hombres simpáticos —algo, por lo demás, verdaderamente deseable y que ocurre con frecuencia, sino su exusia: el poder que le ha sido otorgado para pronunciar palabras de salvación y realizar acciones de salvación que el hombre necesita y no puede procurárselas por sí mismo. Nadie se puede apropiar del «yo» de Cristo o del «yo» de Dios. Con ese «yo» habla, no obstante, el sacerdote cuando dice «éste es mi cuerpo» o cuando afirma «yo te perdono tus pecados». En realidad no los perdona el sacerdote
—eso tendría poco valor—, sino Dios, lo cual supone efectivamente un cambio radical. Con todo, ¡qué tremendo acontecimiento encierra el poder de un hombre de pronunciar el «yo» de Dios! Sólo es capaz de hacerlo en virtud de la potestad otorgada por el Señor a su Iglesia. Sin ella el sacerdote es exclusivamente un asistente social. Cumplir esa función es encomiable, pero en la Iglesia buscamos una esperanza más alta que viene de un poder más grande. Si se dejan de pronunciar estas palabras de potestad y se vuelve opaco su fundamento, el calor humano de la pequeña comunidad proporciona una ayuda menguada. Si se pierde lo esencial, el propio grupo no tardará en percibirlo. El pequeño grupo no debe ahorrarse el dolor de la conversión. Convertirse exige algo que solos no podemos realizar. Con todo, es el único modo de introducirnos en el espacio del poder de Dios, nuestra verdadera esperanza. La potestad de la Iglesia es la transparencia del poder de Dios: de ese modo es nuestra esperanza. Por eso, la íntima unión, realizada en un acto de profunda obediencia, con el poder de la Iglesia es la decisión fundamental de la existencia sacerdotal. Una comunidad que no se quiere a sí misma no puede durar mucho tiempo. Por su parte, un sacerdote que se vuelve contra el cometido fundamental de su misión no puede servir a los demás ni colmar su propia vida. Son diversas las razones de que la realidad de la Iglesia, que en los años veinte parecía despertar tan prometedoramente en las almas, aparezca hoy como una institución extraña y alienante. Ahora bien, una de las más determinantes se pone de manifiesto, ante todo, cuando el sacerdote, que debe personificar la institución y representarla en su persona, se torna muro en lugar de ventana, se coloca enfrente en lugar de acercarse a ella confiadamente en el sufrimiento y la lucha de su propia fe. Los casos de oposición extrema son, gracias a Dios, infrecuentes. La Iglesia está viva, ante todo, porque hoy día -precisamente hoy día- hay también muchos buenos sacerdotes que la personifican como lugar de esperanza. Mas también existen las tentaciones, por eso cada uno de nosotros debe luchar nuevamente con una actitud de vigilia y disposiciones interiores para no dejarse arrastrar hacia la dirección falsa.Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
