Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

Yo soy la luz y he venido al mundo

Miércoles 29 de abril. MO. Blanco.
Sta Catalina de Siena, virgen y doctora de la Iglesia

Lecturas
Hch 12, 24-13, 5
Sal 66 (67), 2-3.5-6.8

Evangelio según San Juan 12, 44-50
Jesús exclamó: «El que cree en mí, en realidad no cree en mí, sino en Aquel que me envió. Y el que me ve, ve al que me envió.
Yo soy la luz, y he venido al mundo para que todo el que crea en mí no permanezca en las tinieblas. Al que escucha mis palabras y no las cumple, Yo no lo juzgo, porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo.
El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien lo juzgue: la palabra que Yo he anunciado es la que lo juzgará en el último día. Porque Yo no hablé por mí mismo: el Padre que me ha enviado me ordenó lo que debía decir y anunciar; y Yo sé que su mandato es Vida eterna. Las palabras que digo, las digo como el Padre me lo ordenó.»

21.3 Sin Dios el hombre se marchita. Ahora bien, si dejamos de dirigirnos a Él, podemos decir que estamos sin Dios. La oración no es, pues, un deporte privado propio de almas débiles que no necesitarían practicar quienes no precisarán un refugio semejante.
La oración concierne de modo esencial al futuro del hombre y a su humanidad, pues si el hombre no sale de sí a buscar a Dios, se convierte en un ser pequeño y limitado. Sus órganos esenciales se agostan y su alma se torna mas tosca e indiferenciada. Al final, queda incapacitado para amar a los demás e, incluso, para amarse a sí mismo. «Los hombres sólo pueden amar si llevan a Dios dentro de sí.» Únicamente viendo a Dios en los demás, en medio de sus fragilidades, podemos seguir siendo hombres. Mas ¿como podemos ver a Dios si no lo conocemos? Pero ¿ cómo conocerle si no tenemos contacto con Él, si nos olvidamos de hablarle? Tenemos que practicar la conversación con Dios y descubrir, por encima de cualquier conocimiento lingüístico, la suprema posibilidad del lenguaje: hablar con Dios. Para ello es preciso que nos dejemos guiar por las oraciones modeladas por la cristiandad. Como ejemplo quisiera indicar una oración que amo sobre todas las demás, pues, a mi juicio, es el fundamento y centro íntimos de toda otra oración posible. Me refiero a la invocación «¡Padre nuestro!» de la que procede cualquier otra oración y en la que todas ellas se apoyan.

Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.

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