Viernes 5 de junio. San Bonifacio, obispo y mártir. 1er Viernes de mes. sagrado Corazón de Jesús.
Del Martirologio Romano
Memoria de san Bonifacio, obispo y mártir. Monje en Inglaterra con el nombre de Wilfrido por el bautismo, al llegar a Roma el papa san Gregorio II lo ordenó obispo y cambió su nombre de pila por el de Bonifacio, enviándolo después a Germania para anunciar la fe de Cristo a aquellos pueblos, donde logró ganar para la religión cristiana a mucha gente. Rigió la sede de Maguncia y, hacia el final de su vida, al visitar a los frisios en Dokkum, en la actual Holanda, consumó su martirio al ser asesinado por unos paganos. (754)
Lecturas
2 Timoteo 3, 10-17
Sal 118 (119), 157.160-161.165-166.168
Evangelio según San Marcos 12, 35-37
Jesús se puso a enseñar en el Templo y preguntaba: “¿Cómo pueden decir los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David ha dicho, movido por el Espíritu Santo: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies”. Si el mismo David lo llama “Señor”, ¿cómo puede ser hijo suyo?” La multitud escuchaba a Jesús con agrado.
«Cosas mayores verás» (Ioh 1,50). El contenido del venir es llegar a ver. Venir es ingresar en el círculo en que el Señor nos ve y nosotros vemos con Él. Sobre su albergue está el cielo abierto, el espacio escondido de Dios (1,51). El hombre está allí en la gloria de Dios. «Venid y veréis.» Estas palabras son paralelas a las del salmo de comunión de la Iglesia «gozaréis y veréis cuán bueno es el Señor» (Salmos 33 [34], 8). El venir, sólo el venir, lleva al ver. El gozo hace abrir los ojos. De igual modo que el encuentro de lo prohibido abrió en una ocasión los ojos de modo funesto en el paraíso, también cabe decir, inversamente, que el encanto de lo verdadero abre los ojos, de suerte que se ve la bondad de Dios. Sólo en el venir, en el albergue de Jesús sucede el ver. Sin el arrojo del venir no puede existir ningún ver. San Juan añade: «era la hora décima» (1,39); es decir, un momento muy avanzado del día en el que se piensa que ya no se puede comenzar verdaderamente nada y en el que, sin embargo, tiene lugar lo inaplazable, lo decisivo. Según algunos cálculos apocalípticos, esto fue considerado como el fin de los tiempos. Quien viene a Jesús ingresa en lo definitivo, en el tiempo final: toca la parousia, la realidad presente de la resurrección y del reino de Dios. En el venir tiene lugar, pues, el ver. Todos nosotros hemos comenzado nuestro camino con la plena adhesión de la Iglesia al Hijo de Dios. Ahora bien, semejante venir «a tu palabra», semejante dirigirse a su morada es también para nosotros condición del propio ver. Por lo demás, sólo quien ve por sí mismo deja de creer meramente de segunda mano y puede llamar a otros. Atreverse a escuchar su palabra será siempre —ayer y hoy— el imprescindible supuesto del apostolado.
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
