Jueves 16 de Abril – Feria – Blanco
Lecturas:
Hechos 5, 27-33
Sal 33 (34), 2.9.17-20
Evangelio segùn San Juan 3, 31-36
Hablando acerca de Jesús, Juan Bautista dijo: El que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra pertenece a la tierra y habla de la tierra. El que vino del cielo está por encima de todo. Él da testimonio de lo que ha visto y oído, pero nadie recibe su testimonio. El que recibe su testimonio certifica que Dios es veraz.
El que Dios envió dice las palabras de Dios, porque Dios le da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en sus manos. El que cree en el Hijo tiene Vida eterna. El que se niega a creer en el Hijo no verá la Vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él.
¿Còmo ha entrado Jesucristo en mi vida?
Por de pronto, no me he encontrado con Él literaria o filo-sóficamente, sino en la fe de la Iglesia. Eso significa que, desde el principio, Jesús no es para mí un gran hombre del pasado (como, por ejemplo, Platón o el propio Tomás de Aquino), sino alguien que sigue vivo y continúa obrando en nuestros días: alguien con quien también actualmente me puedo encontrar.
Mas, sobre todo, significa que lo he conocido dentro de la historia y de la fe que parte de Él, según el modo de verlo la fe tal como fue formulada de modo perdurable en el Concilio de Calcedonia. Calcedonia significa, a mi juicio, la simplificación más grandiosa y osada del complicado y extremadamente polivalente legado de la tradición en un centro único que sostiene todo lo demás: Hijo de Dios, que tiene, a la vez, igual esencia que Dios y que nosotros. Frente a otras muchas posibilidades ensayadas a lo largo de la historia, Calcedonia ha interpretado a Jesús teo-lógicamente. Yo veo en ello la única explicación capaz de hacer justicia a la inmensa amplitud de la tradición, la única adecuada al enorme vigor del fenómeno.
Todas las demás son demasiado estrechas en uno u otro sentido. Cualquier otro concepto se hace cargo de alguna parte y excluye otra. Sólo la interpretación de Calcedonia pone de manifiesto la totalidad. Lo demás resulta, en última instancia, de ella. Ante todo que Jesús y la Iglesia no se pueden, a mi juicio, separar uno del otro ni identificar entre sí. Cristo excede infinitamente a la Iglesia. El que Jesús, como Señor de la Iglesia, sea también su medida, no se nos ha hecho evidente únicamente gracias al Concilio. Yo lo he sentido siempre como consuelo y como reto.
Como consuelo, porque hemos sabido desde siempre que la escrupulosidad de rubricistas y legalistas no tiene nada que ver con la infinita generosidad que nos llega del Evangelio como un viento fresco y derriba la idolatría de la letra como un castillo de naipes. Ya sabíamos que la proximidad a El es tan independiente de la dignidad eclesiástica que se posee como del conocimiento jurídico y el detalle histórico. Ello me ha permitido contemplar siempre las cosas exteriores con la adecuada serenidad. De ahí que, a mi juicio, emanara siempre de su figura algo optimista, libera-dor. Mas, por otro lado, era preciso no pasar por alto que Cristo exige en muchos sentidos más de lo que la Iglesia se atreve a exigir, que con el radicalismo de sus palabras sólo se corresponde verdaderamente el radicalismo de decisiones como las que tomaron el eremita Antonius o Francisco de Asís, que aceptaron el Evangelio en su integridad. Si no se hace así, tiene lugar invariablemente el refugio en la casuística. Pero con ello no desaparece el lacerante desasosiego de saber que se ha retrocedido, como retrocedió el joven rico, cuando debiera haberse tomado verdaderamente en serio el Evangelio.
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año
(Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
