Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

El Espíritu Santo les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.

Viernes 22 de mayo. Santa rita de Cascia, religiosa. F o ML. Blanco.

Lecturas
Hch 25, 13b-21
Sal 102 (103), 1-2.11-12.19-20ab

Evangelio según San Juan 21, 1. 15-19

Habiéndose aparecido Jesús resucitado a sus discípulos, después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” El le respondió: “Sí, Señor, Tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Le volvió a decir por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: “Sí, Señor, sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”. Le preguntó por tercera vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: “Señor, Tú lo sabes todo; sabes que te quiero”.Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.

Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras”. De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: “Sígueme”.

«Tú extenderás tus manos y otro te sujetará y te llevará adonde no quieres» (Ioh 21,16). Estas palabras son probablemente una alusión a la muerte en la cruz que padeció Pedro siguiendo a Cristo. Sus manos son extendidas y amarradas. Esta historia me trae siempre a la memoria un pequeño rito que penetró profundamente en mi alma durante mi consagración como sacerdote. Después de la unción, eran atadas las manos, y con las manos unidas se cogía el cáliz. Las manos, y con ellas el propio ser, parecían encadenadas de algún modo al cáliz. Al tomarlo en mis manos me vino a la memoria la pregunta de Jesús a los hermanos Jacobo y Juan: «¿Podéis beber el cáliz que yo beberé?» (Mc 10,38). El cáliz eucarístico, centro de la vida sacerdotal, recuerda siempre estas palabras. Y después las manos unidas, ungidas con el óleo mesiánico del crisma. Las manos son expresión de nuestra propia disposición, de nuestro poder. Con ellas podemos asir, tomar posesión de algo, defendernos. Las manos atadas son expresión de falta de poder, de renuncia al poder. Están en sus manos, están puestas en el cáliz. Se podría decir que con ello se trasluce, sencillamente, que la Eucaristía es el centro de la vida sacerdotal. Pero la Eucaristía es más que ceremonia, más que liturgia. Es una forma de vida. Las manos están unidas: ya no me pertenecen. Yo le pertenezco a Él y, a través de Él, a los demás. Imitar a Cristo significa estar dispuesto a comprometerse definitivamente, del mismo modo que se ha comprometido Él con nosotros. Las manos unidas son, en verdad, las manos abiertas, extendidas, como dice el Evangelio. Imitar a Cristo es tener valor para el compromiso irrevocable, para darle una respuesta afirmativa sin reservas. Sólo con ella andamos el camino completo del que hablábamos antes. Sólo el camino completo es verdadero, pues ni la verdad ni el amor se pueden dividir.

Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.

vidablemf@gmail.com

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