Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

El que reciba al que Yo envíe me recibe a mí

Jueves 30 de abril. Feria o ML. Blanco. San Pío V, Papa

Lecturas
Hch 13, 13-25
Sal 88 (89), 2-3.21-22.25.27

Evangelio según San Juan 13, 16-20
Antes de la fiesta de Pascua, Jesús lavó los pies a sus discípulos, y les dijo: «Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía. Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican.
No lo digo por todos ustedes; Yo conozco a los que he elegido. Pero es necesario que se cumpla la Escritura que dice: “El que comparte mi pan se volvió contra mí”.
Les digo esto desde ahora, antes que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy.
Les aseguro que el que reciba al que Yo envíe, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me envió.»

 

La palabra «padre» permite tomar conciencia de que no nos hemos dado la existencia a nosotros mismos, de que somos hijos. En principio, quisiéramos protestar contra ese hecho, como hizo el hijo pródigo. Queremos ser mayores de edad, estar «emancipados», ser nuestro propio dueño. Ahora bien, conviene hacerse esta pregunta: ¿qué alternativa nos queda, le queda al hombre, cuando ya no exista el padre y, en consecuencia, haya quedado definitivamente atrás la condición de hijo? ¿Seremos entonces verdaderamente más de lo que ahora somos? ¿Seremos auténticamente libres? En modo alguno. Sólo somos libres cuando existe el principio de la libertad, cuando existe alguien que ame y cuyo amor tenga poder. Al final no queda más que volver a decir «padre». Ése es el único modo de aceptar nuestra verdad y de ponernos en camino hacia la libertad.
Cuando esto ocurre, nuestra atención tiene que dirigirse a Aquel que durante toda su vida tuvo conciencia de su condición de hijo y que es idéntico con el mismo Dios: Jesucristo. Cuando decimos «padre», la palabra «padre» se transforma por sí misma en la palabra «nuestro». A Dios no le podemos decir solamente. «padre». Cuando se lo decimos, hemos de aceptar el «nosotros» de sus hijos. Mas también a la inversa: cuando decimos «padre», tenemos conciencia de encontrarnos incluidos en la comunidad de los hijos de Dios y de que todos están junto a nosotros.
Así pues, conlleva la responsabilidad de la tierra y los hombres: a la una y a los otros me los restituye de nuevo. A la luz de la creación puedo atreverme a entregarme a ellos.

Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año
 (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.

Inmaculado Corazón de María

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