Viernes 29 de mayo. San Pablo VI, Papa. F (verde) ML (blanco)
Lecturas
1 Pe 4, 7-13
Sal 95 (96), 10-13
Evangelio según San Marcos 11, 11-25
Jesús llegó a Jerusalén y fue al Templo; y después de observarlo todo, como ya era tarde, salió con los doce hacia Betania. Al día siguiente, cuando salieron de Betania, Jesús sintió hambre. Al divisar de lejos una higuera cubierta de hojas, se acercó para ver si encontraba algún fruto, pero no había más que hojas, porque no era la época de los higos. Dirigiéndose a la higuera, le dijo: “Que nadie más coma de tus frutos”. Y sus discípulos lo oyeron.
Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: “¿Acaso no está escrito: “Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones”? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones”. Cuando se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas, buscaban la forma de matarlo, porque le tenían miedo, ya que todo el pueblo estaba maravillado de su enseñanza.
Al caer la tarde, Jesús y sus discípulos salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar otra vez, vieron que la higuera se había secado de raíz. Pedro, acordándose, dijo a Jesús:
“Maestro, la higuera que has maldecido se ha secado”. Jesús le respondió: “Tengan fe en Dios. Porque Yo les aseguro que si alguien dice a esta montaña: “Retírate de ahí y arrójate al mar”, sin vacilar en su interior, sino creyendo que sucederá lo que dice, lo conseguirá. Por eso les digo: Cuando pidan algo en la oración, crean que ya lo tienen y lo conseguirán. Y cuando ustedes se pongan de pie para orar, si tienen algo en contra de alguien, perdónenlo, y el Padre que está en el cielo les perdonará también sus faltas”.
Confiar en Dios, que nos ama, que en Jesucristo ha asumido la naturaleza humana, es al propio tiempo profesión de fe y seguridad de vida eterna. Y si tenemos fe en la vida eterna, hacemos profesión de fe en el Dios vivo. Dado que existe Dios, sabemos que nos llama y nos ve, que no caminamos hacia la nada. A partir de aquí la fe en la vida eterna deviene una afirmación enteramente práctica, no una teoría acerca de algo que acontecerá alguna vez. Por eso, fue conveniente y oportuno que la Congregación de la Fe, en Roma, nos recordara de nuevo a toda la humanidad la fe en la vida eterna, que se identifica con la fe en el Dios hecho hombre que nos ha amado hasta la muerte. Fue correcto y necesario que se nos recordara que la medida del hombre se llama eternidad, que hay cielo, infierno y purgatorio, que el hombre tiene un alma que no se descompone con el cuerpo, sino que es portadora de un ser objeto del amor de Dios, es decir, es portadora de la resurrección. Es una afirmación práctica, porque todas las dimensiones de nuestra vida se definen a partir de ella. Ello significa que hemos de vivir en lo imperecedero).
La fe aspira —como, por lo demás, todo amor entre Cristo y nosotros a que haya un intercambio de vida, a que nuestra vida se inscriba en la suya y la suya en la nuestra, a que estén en vigor las palabras que Santa Teresa escuchó dentro de sí misma como palabras del Señor: te aflijas, mis asuntos son los tuyos y los tuyos son míos!» Debiéramos vivir de modo que fuera posible este intercambio de vida, que nuestros asuntos se tornaran suyos y los suyos nuestros y nuestra vida fuera inseparable de la suya, pues sólo así sería una vida verdadera.
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
