Miércoles 27 de mayo. F o ML (Verde – Blanco) San Agustín de Canterbury, Obispo.
Lecturas
1 Pe 1, 18-25
Sal 147 (147 B), 12-15.19-20
Evangelio según San Marcos 10, 32-45
Mientras iban de camino para subir a Jerusalén, Jesús se adelantaba a sus discípulos; ellos estaban asombrados y los que lo seguían tenían miedo. Entonces reunió nuevamente a los Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder: “Ahora subimos a Jerusalén; allí el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas. Lo condenarán a muerte y lo entregarán a los paganos: ellos se burlarán de Él, lo escupirán, lo azotarán y lo matarán. Y tres días después, resucitará”. Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: “Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir”.
Él les respondió: “¿Qué quieren que haga por ustedes?” Ellos le dijeron: “Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria”. Jesús les dijo: “¡No saben lo que piden! ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé y recibir el bautismo que Yo recibiré?” “Podemos”, le respondieron.
Entonces Jesús agregó: “Ustedes beberán el cáliz que Yo beberé y recibirán el mismo bautismo que Yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados”.
Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: “Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande que se haga servidor de ustedes, y el que quiera ser el primero que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una Multitud”.
La relación con Dios no requiere únicamente interioridad, sino también expresión exterior. La expreSión no consiste sólo en hablar, cantar, guardar silencio, levantarse, sentarse o arrodillarse, sino también en caminar comunitaria y solemnemente con la comunidad de los creyentes y con la del Dios de la fe. En la liturgia cristiana se aprecian claramente dos secretas fuentes de la procesión del Cuerpo del Señor. En la liturgia de la Semana Santa, en la que la Iglesia celebra el drama de la última semana de Jesús, se ofrecen dos caminos procesionales de la historia sagrada: la procesión de las palmas y la retirada de Jesús al Monte de los Olivos tras instituir la Eucaristía, es decir, la entrada triunfal en la ciudad sagrada y la salida orante de ella hacia la oscuridad de la noche, la traición y la muerte. Ambas procesiones se corresponden: Jesús entra en la ciudad para purificar el templo. Esa purificación significa, empero, su destrucción simbólica, la cual conduce a Jesús a la muerte y se convierte en el secreto supuesto para que se dé a sí mismo en la institución de la Eucaristía y abra el nuevo templo de su amor. La autodonación en que consiste la Eucaristía es, por su parte, una anticipación de la muerte y un acto de fe en la resurrección. La salida de la ciudad hacia la noche de la pascua es, empero, la huida de la esfera cercada de lo sagrado hacia el dominio de la muerte. La liturgia ha celebrado solemnemente ambas procesiones desde los primeros tiempos. La del Jueves Santo es por -su misma esencia escolta de la historia, acompañamiento al Señor que se entrega por nosotros. Sin embargo, en la Semana Santa todo esto se puede dejar a un lado. El día del Cuerpo del Señor pone en el centro estos elementos parciales del misterio pascual y hace de ellos una fiesta grande y genuina. Lo que en el Domingo de Ramos, ensombrecido por la oscuridad de la cruz, conserva un carácter ambiguo, en el Cuerpo del Señor debe tener lugar pública y magnamente en la alegría de la resurrección.
