Lunes 08 de junio. Feria-verde. San Salustiano.
Lecturas
1 Rey 17, 1-6
Sal 120 (121), 1-8
Evangelio según San Mateo 4, 25—5, 12
Seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania.
Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
“Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron”.
Quien anuncia a los hombres la palabra de la fe no les dice nada cómodo. Por eso, tiene que contar con que encontrará oposición. Jesús no promete una silla acolchada o una cartera ministerial, sino su bautismo y su cáliz. Merced a ello, los dos sacramentos fundamentales, el Bautismo y la Eucaristía, son reivindicados como el núcleo de su don a los hombres. Por eso debe resultar evidente que recibir el Bautismo y la Eucaristía significa estar dispuesto a sufrir por la verdad y el amor. El Papa lo sabe muy bien. Por eso, en un discurso a los obispos americanos, ha dicho refiriéndose a una palabras de San Pablo: «Hermanos en Cristo, si proclamamos la verdad en el amor no podremos substraernos a la crítica ni agradar a todos. En cambio, podemos contribuir realmente a la salvación de cada hombre. Tenemos, pues, la humilde convicción de que Dios está con nosotros en el servicio a la verdad, de que “no nos ha dado espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de templanza”» (Epístola II a Timoteo 1,7). Espíritu de temor: no es éste ciertamente un rasgo que se pueda aplicar a Juan Pablo II. Precisamente por eso, debía saber desde un principio que algún día, antes o después, aparecería una oposición contra él. Curiosamente, la oposición ha aparecido con toda su fuerza en el momento en que el Papa ha puesto reparos al mundo típico de occidente, a nuestro mundo vital, es decir, en el momento en que ha introducido en él la sal del Evangelio, ha puesto nuestras heridas delante de la luz de la noticia de Jesucristo y ha hecho que se manifiesten como heridas. Ese momento no es otro que el de sus alocuciones en América. En esta crítica hay cosas que se pueden tomar jovialmente. En los «anuncios de puestos vacantes», valga la expresión, con el que fuimos bombardeados antes de la elección del Papa, se decían cosas como éstas: un Papa debería, ante todo, estar abierto al mundo. Por eso, encuentro divertido que desde el mismo lado se le diga ahora que no debe estar tan presente en el mundo, sino quedarse en casa y dedicarse a decir misa. También se nos dijo que el Papa debía ser antiburocrático y carismático. No es extraño que también encuentre divertido que quien solía hablar de la jerarquía tan sólo como de la «Iglesia del lobo» recuerde ahora al Papa que la Iglesia no se puede conducir de modo exclusivamente carismático. Hay también, no obstante, cosas que son serias y que deben ser tomadas en serio. Se ha dicho, por ejemplo, que el Papa viene de una Teología conservadora adecuada para un país conservador, pero que, por lo visto, no conoce occidente ni su completamente distinta situación. Además, como padre espiritual, no debería simplemente decretar y ordenar, sino también argumentar, convencer. Sin embargo, quien escucha con verdadera atención sabe que este Papa no ha vivido en un mundo pequeño y estrecho. Y ello no sólo porque hubiera recorrido hacía ya tiempo el mundo entero y hubiera estado siempre con jóvenes, cuyas pasiones, problemas y cuestiones son los mismos en todos ellos, vivan en un país o en otro, sino sobre todo porque, como hombre, ha conocido las grandes profundidades de la vida humana y sus pasiones y ha salido airoso de ellas. En el espacio del corazón humano ha descubierto el mundo del hombre, ha reflexionado de nuevo sobre él y ha resistido en él. Merced a un viaje como ése hacia la aventura del ser humano, el Papa puede hablar desde su propia experiencia y hacer perceptible de nuevo la inmutabilidad de la palabra de la fe, que es conservadora en el sentido de que conserva los fundamentos del hombre. Mas precisamente por ello es creadora, pues ofrece el hombre la posibilidad de madurar y progresar, algo imposible sin dirección.
Quien escucha las palabras del Papa y penetra en su sentido percibe igualmente que no son simplemente órdenes, sino que encierran la historia entera de una vida que se nutre de la historia milenaria de la fe. Desde ella ve de nuevo al hombre puesto autocríticamente delante de sí mismo, en tanto que nosotros nos apartamos con mucha frecuencia de nosotros mismos sin mirarnos. De ese modo, el Papa nos hace ver la razón por la que lo perpetuo es también Io siempre nuevo.
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
