Sábado 13 de junio. Memoria obligatoria (Blanco) Corazón inmaculado de la Bienaventurada Virgen María.
Lecturas
Is 61, 9-11
CR 1 Samuel 2, 1.4-8d
Evangelio según San Lucas 2, 41-51
Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de Él.
Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas.
Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados».
Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que Yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» Ellos no entendieron lo que les decía.
Él regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón.
Al tercer día, acompañado de María, fue al templo. Parece como si agotadas todas las posibilidades, sin que quedara una pesquisa por realizar, una pregunta por hacer, un transeúnte a quien interrogar; como si después de haber indagado en todas partes y recorrido todos los lugares donde pudiera haber pasado, nada quedara ya por hacer sino declararse vencido y acudir al templo, a la casa de Dios, a suplicar una vez más por el Niño perdido.
Y fue entonces, cuando todos los medios humanos habían mostrado su inutilidad, cuando Dios resolvió, una vez más, el problema, trocando la angustia en gozo y la tensión en paz.
Cuando se piensa con sosiego, despacio, en todo el texto evangélico, se constata claramente que Jesús no se perdió; pero si pensamos en María y José, ellos sí lo perdieron. No lo hubieran perdido si uno u otro hubiera permanecido constantemente a su lado, si en ningún momento se hubieran separado de él. Por supuesto es impensable una negligencia o descuido por parte de José o de María. Nadie les arrebató a Jesús, nada le sucedió porque alguno de ellos, o los dos, hubieran faltado a las obligaciones que tenían de atenderle y cuidarle. Por decirlo así, Jesús les dejó momentáneamente para ir a su quehacer. Pero ellos dos no lo sabían y sufrieron porque ya no le tenían consigo. Nuestro caso es otro. «Mira –escribió el ya mencionado Pedro de Santa María–, no pierdas a Dios; atiende a los peligros del mundo, en donde los enemigos de tu alma siempre andan listos para quitártelo, y pon grandísima diligencia en conservarlo». Es un hecho –aunque sea un misterio que sobrepasa ampliamente nuestra capacidad intelectiva– la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma en gracia; y es una verdad, comprobable en multitud de casos, por desgracia, que podemos perder esta divina presencia. En el caso de San José, él no perdió a Jesús, sino que fue Jesús quien se ausentó de su lado.
Con nosotros es distinto, y esto jamás ocurre, porque Jesús nunca abandona al hombre. No es Él quien, como en el episodio del templo, se aleja; no es Él quien se separa. Somos nosotros, los hombres, quienes le expulsamos de nuestro lado, más aún, de nuestra alma, por el pecado mortal; somos nosotros quienes nos alejamos de su compañía porque, puestos a elegir, preferimos otras a la suya. En todo proceso de unión del hombre con Dios, incluso en el más elemental, la iniciativa es de Cristo; por el contrario, en todo proceso de separación, la iniciativa es nuestra. Nunca deja Él de solicitar nuestra amistad, pero no nos obliga contra nuestra voluntad a aceptarla; nosotros, en cambio, somos tan mudables que parece como si solamente le admitiéramos a nuestro lado cuando nos sentimos vacíos de otras presencias, para alejarle de nosotros tan pronto como alguna criatura solicita entrar en nuestra alma. No, no es Él quien nos deja; somos nosotros los que le dejamos a Él. ¿Cómo podría Jesús dejarnos, si para que estuviéramos siempre en su compañía murió en una cruz? Él siempre nos está llamando con su gracia, atrayéndonos suavemente.
Por desgracia, parece como si esto no nos importara mucho a la mayoría de los hombres, al menos los que ahora vivimos. Como si, en efecto, prefiriéramos quedarnos con cualquier criatura que nos llame que con Aquel que dijo que aprendiéramos de Él, porque era «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29); como si prefiriéramos servir a las criaturas (que a veces actúan como amos brutales y despóticos) antes que a Aquel que nos aseguró que su yugo era suave y su carga ligera (Mt 11, 30).
En Camino hay una afirmación que explica tanto la aflicción y el pesar de José al haber perdido a Jesús como su esfuerzo por encontrarle. Dice: «¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. Enamórate y no le dejarás» (n. 999). José amaba entrañablemente a Jesús, y por eso sufrió con su ausencia y le buscó incansablemente hasta hallarle de nuevo; y a la verdad que nuestras vidas, las de los cristianos (las de los que nos llamamos cristianos) que hoy vivimos, ofrecen un duro contraste con la actitud de este hombre justo. Hoy no parece que haya mucha gente que sufra por su ausencia; cristianos hay para quienes la presencia o ausencia de Cristo en sus almas no significan prácticamente nada. Pasan de la gracia al pecado y no experimentan sufrimiento ni dolor, aflicción ni angustia. Pasan del pecado a la gracia y no dan la impresión de hombres que han vuelto del infierno, que han pasado de la muerte a la vida: no se les ve el alivio, el gozo, la paz y el sosiego de quien ha recuperado a Jesús.
Probablemente esto ocurre porque no estamos enamorados, porque no le queremos, pues es claro que cuando se pierde algo que se quiere uno se siente afectado, y cuando se ama de verdad, el dolor que produce la pérdida de la persona amada es casi insoportable. Pero nosotros, los hombres, pasamos a veces de tenerle a no tenerle, de perderle a volverle a hallar, con tal indiferencia que no hay alteración apreciable ni en nuestro humor ni en nuestro talante. Es como si nos diera lo mismo.
Entonces, claro está que es difícil que nos empeñemos en una afligida búsqueda del bien perdido, porque en realidad no apreciamos demasiado ese bien. Esto produce una tristeza muy grande, ya que es verdaderamente penoso pagar con tanta frialdad (y hasta con el desprecio de posponerle a bagatelas insignificantes) a quien tanto pasó por nosotros. A veces, cuando se piensa, se tiene la impresión de que es como desentenderse de un niño que se ha perdido, no de cualquier niño, sino del nuestro; es tal nuestro egoísmo, estamos tan ocupados en pensar en nosotros mismos que ni siquiera nos queda un resquicio para pensar en Él.
El mundo aborreció a Jesús (Io 15, 18), y hoy no parece haber rectificado esta actitud. «Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron» (Io 1, 11). José sí le recibió –le recibió tan pronto recibió a su esposa cuando el ángel se lo pidió, porque Ella ya le llevaba en su seno–, le amó con todo el entrañable amor que un padre es capaz de sentir por su niño, sufrió lo indecible cuando se perdió, le buscó infatigablemente por todos los caminos, inquirió de todos los que podían darle alguna luz, porque le amaba y la vida se hacía insoportable sin Él. Seguramente, para los que, en este mundo que no da síntomas de querer recibir a Cristo, hemos profesado creer a Él, esta lección de San José puede sernos provechosa. «Buscad y encontraréis» (Lc 11, 9). No pueden fallar sus palabras, de manera que no hay duda de que si le buscamos sinceramente acabaremos por encontrarle…, siempre que le busquemos en el lugar adecuado. Y para ello, inquirir, preguntar a quienes pueden dar una orientación (no a quienes pueden sumirnos en el caos); porque, igual que José y María le encontraron en el templo –el único templo donde se rendía culto al único Dios verdadero–, el mundo sólo le podrá encontrar en la única Iglesia fundada por Él, allí donde se ha quedado para nosotros hasta el final de los siglos, allí donde el Sacramento de la Confesión nos hace hallar de nuevo al Niño que habíamos perdido.
Suárez, F. (1982). José, esposo de María. Rialp.
