Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

“Les enviaré el Espíritu de la verdad; Él les hará conocer toda la verdad”

Sábado 23 de mayo. Feria. Blanco.
Por la tarde Misa de Vigilia. De la solemnidad. Rojo.

Lecturas
Hch 28, 16-20.30-31
Sal 10 (11), 4-5.7

Evangelio según San Juan 21, 19-25
Jesús resucitado había anunciado con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Pedro, volviéndose, vio que lo seguía el discípulo al que Jesús amaba, el mismo que durante la Cena se había reclinado sobre Jesús y le había preguntado: “Señor, ¿quién es el que te va a entregar?”

Cuando Pedro lo vio, preguntó a Jesús: “Señor, ¿y que será de éste?” Jesús le respondió: “Si Yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué te importa? Tú sígueme”.

Entonces se divulgó entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no moriría, pero Jesús no había dicho a Pedro: “Él no morirá”, sino: “Si yo quiero que él quede hasta mi venida, ¿qué te importa?” Este mismo discípulo es el que da testimonio de estas cosas y el que las ha escrito, y sabemos que su testimonio es verdadero.

Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se las relatara detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribirían.

EI acto de fe es -una acción hondamente personal anclado en la profundidad más íntima del yo humano. Mas, por ser absolutamente personal, es también un acto de comunicación. En su esencia más profunda, el yo está referido siempre al tú. Y también a la inversa: la relación efectiva que se torna «comunión» puede nacer únicamente en la profundidad de la persona. El acto de fe es participación en la visión de Jesús, apoyarse en El. Juan, que se recuesta en el pecho de Jesús, es el símbolo de lo que significa la fe. La fe es comunión con Jesús y, por lo mismo, liberación de la represión opuesta a la verdad y de la curvatura de mi propio yo sobre sí mismo para orientarlo y disponerlo para que responda al Padre, asienta al amor y al ser y pronuncie el sí que es nuestra salvación y tiene la capacidad de vencer al «mundo». Consecuentemente, la fe es en su más íntima esencia «estar con», evasión del aislamiento de mi yo, que es su enfermedad. El acto de fe es apertura hacia la lejanía, rompimiento de la puerta de mi subjetividad. San Pablo lo ha descrito con estas palabras: «ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Epístola a los Gálatas 2,20). El yo que se anula a sí mismo se reencuentra en un nuevo yo más egregio. En este yo renovado, al que he llegado por la liberación de la fe, no sólo me encuentro unido con Jesús, sino con todos los que han recorrido el mismo camino. Dicho de otro modo: la fe es necesariamente la fe de la Iglesia, vive y se mueve en el «nosotros» de la Iglesia, que es uno con el yo de Jesucristo. En este nuevo sujeto se derrumba el muro entre el yo y los demás y se desploma la barrera entre el yo y la profundidad del ser. En este nuevo sujeto yo soy coetáneo de Jesús, y las experiencias de la Iglesia todas me pertenecen también a mí, se han convertido en experiencias propias.

Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.

Inmaculado Corazón de María

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