Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

El Padre y Yo somos una sola cosa

Martes 28 de abril. Feria o ML. San Pedro Chanel, pbro y mártir – San Luis Ma Grignion de Montfort, pbro

Lecturas
Hch 11, 19-26
Sal 86 (87), 1-7

Evangelio según San Juan 10, 22-30
Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón. Los judíos lo rodearon y le preguntaron: «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente.» 
Jesús les respondió: «Ya se los dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas.
Mis ovejas escuchan mi voz, Yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y Yo somos una sola cosa.»

La palabra «padre» permite tomar conciencia de que no nos hemos dado la existencia a nosotros mismos, de que somos hijos. En principio, quisiéramos protestar contra ese hecho, como hizo el hijo pródigo. Queremos ser mayores de edad, estar «emancipados», ser nuestro propio dueño. Ahora bien, conviene hacerse esta pregunta: ¿qué alternativa nos queda, le queda al hombre, cuando ya no exista el padre y, en consecuencia, haya quedado definitivamente atrás la condición de hijo? ¿Seremos entonces verdaderamente más de lo que ahora somos? ¿Seremos auténticamente libres? En modo alguno. Sólo somos libres cuando existe el principio de la libertad, cuando existe alguien que ame y cuyo amor tenga poder. Al final no queda más que volver a decir «padre». Ése es el único modo de aceptar nuestra verdad y de ponernos en camino hacia la libertad.
Cuando esto ocurre, nuestra atención tiene que dirigirse a Aquel que durante toda su vida tuvo conciencia de su condición de hijo y que es idéntico con el mismo Dios: Jesucristo. Cuando decimos «padre», la palabra «padre» se transforma por sí misma en la palabra «nuestro». A Dios no le podemos decir solamente. «padre». Cuando se lo decimos, hemos de aceptar el «nosotros» de sus hijos. Mas también a la inversa: cuando decimos «padre», tenemos conciencia de encontrarnos incluidos en la comunidad de los hijos de Dios y de que todos están junto a nosotros.
Así pues, conlleva la responsabilidad de la tierra y los hombres: a la una y a los otros me los restituye de nuevo. A la luz de la creación puedo atreverme a entregarme a ellos.

Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.

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