Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

Haz que arda nuestro corazón mientras nos hablas.

Domingo 19 de Abril. 3er Domingo de Pascua – Blanco

Lecturas

Hch 2, 14.22-33 (Blanco)
Sal 15 (16), 1-2a.5.7-11 1 Pe 1, 17-21

Evangelio según San Lucas 24, 13-35
El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. El les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?»
Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!»
«¿Qué cosa?», les preguntó.
Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.»
Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?» Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.»
El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!»
Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Cuando Jesús se acerca brota la alegría.

Lucas, el Evangelista, que tan cuidadosamente ha compuesto su Evangelio y los Hechos de los Apóstoles, no pierde de vista esta idea. La última proposición del Evangelio nos dice, en efecto, que cuando los discípulos vieron ascender al Señor se alejaron con el corazón lleno de alegría (Lc 24,52). Los Hechos de los Apóstoles retoman el asunto: los apóstoles celebraban reunidos la Cena del Señor llenos de júbilo y rebosantes de felicidad (Hechos de los Apóstoles 2,46). Cuando vieron ascender al Señor, se alejaron con el corazón henchido de júbilo. Humanamente hubiéramos esperado que lo hubieran hecho llenos de confusión. Sin embargo, no es ése el caso. Quien no ha visto al Señor sólo por fuera, quien ha permitido que le toque el corazón, ha aceptado al crucificado y conocido, precisamente por aceptarlo, la gracia de la resurrección, debe estar rebosante de alegría. Al aceptar la cruz se vuelve a hacer patente la resurrección, y el mundo y el corazón se llenan de alegría. Al oír todo esto notamos cuán alejados estamos todavía del Señor, del momento en que Lucas termina su Evangelio. Pidamos al Señor que nos toque y nos regale su proximidad. Roguémosle que se hagan verdad entre nosotros estas palabras: te inundará una gran alegría y muchos se sentirán henchidos de gozo.

Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.

Inmaculado Corazón de María

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