Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

Miércoles de la octava de Pascua

Lecturas
Hch 3, 1-10
Sal 104 (105) 1-4.6-9

Evangelio según San Lucas 24,13-35Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino?». Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!».

«¿Qué cosa?», les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron».

Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?».

Y comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». Él entró y se quedó con ellos.

Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!».

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran”. ¡Cuántas veces estoy ciego de corazón creyendo buscar a Jesús! Me pregunto por qué tantos “lentes, microscopios, telescopios de la fe” y otros suplementos varios utilizo para buscar a quien está a mi lado, y dentro mío.

“¡Hombres duros de entendimiento…!”. Palabras que resuenan seguido en mi corazón mientras imagino a Jesús dándome coscorrones cariñosos en la cabeza. Me cuestiona la preocupación de no entender porque quizás sea muy difícil luego actuar.

“¿No ardía acaso nuestro corazón…?”. La mejor manera de avivar este fuego es sumar nuestros combustibles, dejarnos abrazar y abrasar por el Amor de Dios en su Palabra, su Creación, en los hermanos.

En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén“. Los corazones ardientes van necesariamente acompañados de pies inquietos, manos tendidas, miradas incluyentes. Propongámonos ponernos en camino para compartir la alegría de una de las pocas certezas que en el mundo podemos tener, Dios nos ama, entregó a su hijo único por nosotros y ese mismo Hijo/Dios venció a la muerte, ¿A qué le temeremos?

“… lo habían reconocido al partir el pan”. Una nueva invitación a celebrar la Eucaristía como manera de reconocer en Cristo al Señor, unirnos a Él, participar en su mesa junto a los demás con quienes estamos llamados a identificarnos e implicarnos en la construcción del Reino. Procuremos hacer de la Eucaristía en nuestras comunidades un verdadero encuentro fraterno que nos permita seguir creciendo, un alimento insustituible para una fe viva.

Inmaculado Corazón de María

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