Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

Viernes Santo – “Con amor eterno te amé” (Ir 31, 3)

Lecturas
Is 52, 13-53,12
Sal 30 (31) 2.6.12-13.15-17.25
Heb 4, 14-16;5, 7-9

Evangelio según San Juan 18, 1—19, 42

Después de haber dicho esto, Jesús fue con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había en ese lugar una huerta y allí entró con ellos. Judas, el traidor, también conocía el lugar porque Jesús y sus discípulos se reunían allí con frecuencia.

Entonces Judas, al frente de un destacamento de soldados y de los guardias designados por los sumos sacerdotes y los fariseos, llegó allí con faroles, antorchas y armas.

Jesús, sabiendo todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les preguntó: «¿A quién buscan?».

Le respondieron: «A Jesús, el Nazareno». Él les dijo: «Soy yo». Judas, el que lo entregaba, estaba con ellos.

Cuando Jesús les dijo: «Soy yo», ellos retrocedieron y cayeron en tierra. Les preguntó nuevamente: «¿A quién buscan?». Le dijeron: «A Jesús, el Nazareno». Jesús repitió: «Ya les dije que soy yo. Si es a mí a quien buscan, dejen que estos se vayan». Así debía cumplirse la palabra que él había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me confiaste».

Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. El servidor se llamaba Malco. Jesús dijo a Simón Pedro: «Envaina tu espada. ¿Acaso no beberé el cáliz que me ha dado el Padre?».

El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron. Lo llevaron primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo Sacerdote aquel año. Caifás era el que había aconsejado a los judíos: «Es preferible que un solo hombre muera por el pueblo».

Entre tanto, Simón Pedro, acompañado de otro discípulo, seguía a Jesús. Este discípulo, que era conocido del Sumo Sacerdote, entró con Jesús en el patio del Pontífice, mientras Pedro permanecía afuera, en la puerta. El otro discípulo, el que era conocido del Sumo Sacerdote, salió, habló a la portera e hizo entrar a Pedro.

La portera dijo entonces a Pedro: «¿No eres tú también uno de los discípulos de ese hombre?». Él le respondió: «No lo soy».

Los servidores y los guardias se calentaban junto al fuego, que habían encendido porque hacía frío. Pedro también estaba con ellos, junto al fuego. El Sumo Sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su enseñanza. Jesús le respondió: «He hablado abiertamente al mundo; siempre enseñé en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas a mí? Pregunta a los que me han oído qué les enseñé. Ellos saben bien lo que he dicho».

Apenas Jesús dijo esto, uno de los guardias allí presentes le dio una bofetada, diciéndole: «¿Así respondes al Sumo Sacerdote?».

Jesús le respondió: «Si he hablado mal, muestra en qué ha sido; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?».

Entonces Anás lo envió atado ante el Sumo Sacerdote Caifás. Simón Pedro permanecía junto al fuego. Los que estaban con él le dijeron: «¿No eres tú también uno de sus discípulos?». Él lo negó y dijo: «No lo soy».

Uno de los servidores del Sumo Sacerdote, pariente de aquel al que Pedro había cortado la oreja, insistió: «¿Acaso no te vi con él en la huerta?». Pedro volvió a negarlo, y en seguida cantó el gallo.

Desde la casa de Caifás llevaron a Jesús al pretorio. Era de madrugada. Pero ellos no entraron en el pretorio, para no contaminarse y poder así participar en la comida de Pascua.

Pilato salió a donde estaban ellos y les preguntó: «¿Qué acusación traen contra este hombre?». Ellos respondieron: «Si no fuera un malhechor, no te lo hubiéramos entregado».

Pilato les dijo: «Tómenlo y juzguenlo ustedes mismos, según la Ley que tienen». Los judíos le dijeron: «A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie».

Así debía cumplirse lo que había dicho Jesús cuando indicó cómo iba a morir. Pilato volvió a entrar en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?».

Jesús le respondió: «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?».

Pilato replicó: «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?».

Jesús respondió: «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí».

Pilato le dijo: «¿Entonces tú eres rey?». Jesús respondió: «Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz».

Pilato le preguntó: «¿Qué es la verdad?». Al decir esto, salió nuevamente a donde estaban los judíos y les dijo: «Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo. Y ya que ustedes tienen la costumbre de que ponga en libertad a alguien, en ocasión de la Pascua, ¿quieren que suelte al rey de los judíos?».

Ellos comenzaron a gritar, diciendo: «¡A él no, a Barrabás!». Barrabás era un bandido.

Pilato mandó entonces azotar a Jesús. Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto de color púrpura, y acercándose, le decían: «¡Salud, rey de los judíos!», y lo abofeteaban. Pilato volvió a salir y les dijo: «Miren, lo traigo afuera para que sepan que no encuentro en él ningún motivo de condena».

Jesús salió, llevando la corona de espinas y el manto de color púrpura. Pilato les dijo: «¡Aquí tienen al hombre!».

Cuando los sumos sacerdotes y los guardias lo vieron, gritaron: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». Pilato les dijo: «Tómenlo ustedes y crucifíquenlo. Yo no encuentro en él ningún motivo para condenarlo».

Los judíos respondieron: «Nosotros tenemos una Ley, y según esa Ley debe morir porque él pretende ser Hijo de Dios».

Al oír estas palabras, Pilato se alarmó más todavía. Volvió a entrar en el pretorio y preguntó a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Pero Jesús no le respondió nada.

Pilato le dijo: «¿No quieres hablarme? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y también para crucificarte?».

Jesús le respondió: «Tú no tendrías sobre mí ninguna autoridad, si no la hubieras recibido de lo alto. Por eso, el que me ha entregado a ti ha cometido un pecado más grave».

Desde ese momento, Pilato trataba de ponerlo en libertad. Pero los judíos gritaban: «Si lo sueltas, no eres amigo del César, porque el que se hace rey se opone al César».

Al oír esto, Pilato sacó afuera a Jesús y lo hizo sentar sobre un estrado, en el lugar llamado «el Empedrado», en hebreo, «Gábata».

Era el día de la Preparación de la Pascua, alrededor del mediodía. Pilato dijo a los judíos: «Aquí tienen a su rey».

Ellos vociferaban: «¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿Voy a crucificar a su rey?». Los sumos sacerdotes respondieron: «No tenemos otro rey que el César». Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y ellos se lo llevaron.

Jesús, cargando sobre sí la cruz, salió de la ciudad para dirigirse al lugar llamado «del Cráneo», en hebreo, «Gólgota». Allí lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en el medio. Pilato redactó una inscripción que decía: «Jesús el Nazareno, rey de los judíos», y la hizo poner sobre la cruz. Muchos judíos leyeron esta inscripción, porque el lugar donde Jesús fue crucificado quedaba cerca de la ciudad y la inscripción estaba en hebreo, latín y griego. Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: Yo soy el rey de los judíos”». Pilato respondió: «Lo escrito, escrito está».

Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca». Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados.

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: “Tengo sed”. Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús: «Todo se ha cumplido». E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.

Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. .Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.

El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean. Esto sucedió para que se cumpliera la Escritura que dice: No le quebrarán ninguno de sus huesos. Y otro pasaje de la Escritura, dice: Verán al que ellos mismos traspasaron.

Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús -pero secretamente, por temor a los judíos- pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo. Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos.

Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos. En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos un día de Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Reflexión – Cantalamessa-La Fuerza de la Cruz. Monte Carmelo, Burgos.

¡TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO!
Los relatos de la Pasión -especialmente los relatos sinópticos-, con su estilo descarnado,
carente de cualquier comentario teológico o edificante, nos transportan a los primerísimos días
de la Iglesia. Esos relatos son las primeras partes del Evangelio que se “formaron” (para utilizar
el lenguaje del moderno “método de las formas”) en la tradición oral y que circularon entre los
cristianos. En esta etapa, predominan los hechos; todo se resume en dos acontecimientos:
murió-resucitó. Pero esa etapa de los puros hechos quedó pronto superada. Los creyentes se
hicieron muy pronto la pregunta sobre el “porqué” de aquellos hechos, es decir de la pasión:
¿por qué padeció Cristo? Y la respuesta fue: “¡Por nuestros pecados!”. Nace así la fe
pascual, expresada en la célebre frase de Pablo: “Cristo murió por nuestros pecados; fue
resucitado para nuestra justificación” (cfr 1 Co 15, 3-4; Rm 4, 25). Teníamos ya los
hechos -murió, resucitó- y el significado para nosotros de esos hechos: por nuestros pecados,
para nuestra justificación. La respuesta parecía completa: por fin historia y fe formaban un
único misterio pascual.
Sin embargo, aún no se había tocado el verdadero fondo del problema. La pregunta
volvía a surgir de otra manera: ¿por qué murió por nuestros pecados? Y la respuesta que
iluminó de golpe la fe de la Iglesia, como con resplandor de sol, fue: “¡Porque nos amaba!”
“Cristo nos amó y se entregó por nosotros” (Ef 5, 2); “Me amó hasta entregarse
por mí” (Ga 2, 20); “Cristo amó a su Iglesia y por eso se entregó a sí mismo por
ella” (Ef 5, 25). Como puede verse, ésta es una verdad pacífica, primordial, que lo penetra
todo y que se aplica tanto a la Iglesia en su conjunto como personalmente a cada hombre. El
evangelista san Juan, que escribe después que los demás, hace remontar esta revelación hasta el
mismo Jesús terreno: “Nadie -dice Jesús en el evangelio de Juan- nadie tiene amor
más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos” (In 15,
13s).
Esta respuesta al “porqué” de la pasión de Cristo es verdaderamente definitiva y no
admite más preguntas. Nos amó porque nos amó, ¡y basta! Y es que el amor de Dios
no tiene un “porqué”, es gratuito. Es el único amor en el mundo real y totalmente
gratuito, que no pide nada para sí (¡ya lo tiene todo!), sino que sólo da, o, mejor, se
da. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en
que él nos amó… ¡Él nos amó primero!” (1 Jn 4, 10.19).
Jesús, pues, sufrió y murió libremente, por amor. No por casualidad, ni por necesidad, ni
por oscuras fuerzas o razones de la historia que lo hayan arrollado sin que él se diera cuenta o a
pesar suyo. Quien afirme eso, vacía el Evangelio; le quita el alma. Porque el Evangelio es
únicamente esto: el alegre mensaje del amor de Dios en Cristo Jesús. Y no sólo el
Evangelio, sino toda la Biblia es únicamente esto: la noticia del amor misterioso,
incomprensible, de Dios al hombre. Si toda la Escritura se pusiese a hablar a la vez, si, por un
milagro, de palabra escrita se convirtiese toda ella en palabra pronunciada de viva voz, esta voz,
más potente que las olas del mar, gritaría: “Dios os ama”3.
El amor de Dios al hombre hunde sus raíces en la eternidad (“Él nos eligió antes de crear
el mundo”, dice el Apóstol en Ef 1, 4), pero se ha manifestado en el tiempo en una serie de gestos
concretos que constituyen la historia de la salvación. Dios había hablado ya antiguamente a
nuestros padres, en múltiples ocasiones y de muchas maneras, de ese amor suyo (cfr Hb 1, 1).
Había hablado al crearnos, pues ¿qué es la creación sino un acto de amor, el acto primordial del
amor de Dios al hombre? (“Tú has creado el universo para derramar tu amor sobre todas las
criaturas”, decimos en la Plegaria eucarística IV). Habló después por los profetas, pues los
profetas de la Biblia no son, en realidad, otra cosa que los mensajeros del amor de
Dios, los “amigos del Esposo”. Incluso cuando reprenden o amenazan, lo hacen
para defender ese amor de Dios a su pueblo. En los profetas, Dios compara su amor al de
una madre (Is 49, 15 ss), al de un padre (Os 11, 4), al de un esposo (Is 62, 5). Dios mismo resume
en una frase su forma de proceder con Israel, diciendo: “Con amor eterno te amé” (Ir 31,
3). ¡Una frase nunca oída, en ninguna filosofía ni en ninguna religión, en boca de
un dios! El “dios de los filósofos” es un dios al que amar, no un Dios que ama, y
que ama primero.
Pero a Dios no le bastó con hablarnos de su amor “por los profetas”. “Ahora, en esta
etapa final, nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1, 2). Hay una enorme diferencia respecto a lo de
antes: Jesús no se limita a hablarnos del amor de Dios, como hacían los profetas: él “es” el amor
de Dios. ¡Porque “Dios es amor” y Jesús es Dios!
Con Jesús, Dios ya no nos habla desde lejos, sirviéndose de intermediarios: nos habla
desde cerca y nos habla en persona. Nos habla desde dentro de nuestra condición humana,
después de haber saboreado hasta el fondo sus sufrimientos. ¡El amor de Dios se hizo carne y
vino a vivir en medio de nosotros! Ya en la antigüedad había quienes leían así a Juan 1, 14.
Jesús nos ha amado con un corazón divino y humano a la vez; de manera perfectamente humana, aunque con medida divina. Un amor lleno de fuerza y de
delicadeza, tiernísimo e incesante. Como ama a sus discípulos, como ama a los niños, como ama
a los pobres y a los enfermos, como ama a los pecadores… Amando, hace crecer, devuelve la
dignidad y la esperanza; todos los que se acercan a Jesús con sencillo corazón salen
transformados por su amor.
Su amor se hace amistad: “Ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos” (Jn 15,
15). Y no se queda ahí: él llega a una identificación con el hombre para la que ya no bastan las
analogías humanas, ni siquiera la de la madre, la del padre o la del esposo: “Permaneced en mí -dice- y yo en vosotros” (Jn 15, 4).
Y, finalmente, la prueba suprema de ese amor: “Habiendo amado a los suyos que
estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1), es decir hasta los últimos límites del amor. Dos cosas hay que revelan al verdadero amador y que lo
hacen triunfar: la primera consiste en hacer el bien al amado; la segunda,
superior en gran medida a la primera, consiste en sufrir por él. Para esto, para
darnos una prueba de su gran amor, Dios inventa su propio anonadamiento, lo
hace realidad y se las arregla para hacerse capaz de sufrir cosas terribles.
De esa manera, Dios, con todo lo que soporta, convence a los hombres del extraordinario
amor que les tiene y los atrae de nuevo hacia sí, a esos hombres que huían de un Señor tan
bueno pensando que él los odiaba. Jesús nos repite a nosotros lo que dijo un día a una
santa que estaba meditando la Pasión: “¡No te he amado de broma!”4.
Para saber cómo nos ama Dios, tenemos ya un medio sencillo y seguro: ¡ver cuánto ha
sufrido! No sólo en el cuerpo, sino sobre todo en el alma. Porque la verdadera pasión de Jesús es
la que no se ve, la que le hizo exclamar en Getsemaní: “Me muero de tristeza” (Mc 14, 34). Jesús
murió en su corazón antes que en su cuerpo. ¿Quién podrá comprender el abandono, la tristeza,
la angustia del alma de Cristo al sentirse “convertido en pecado”, él, el inocentísimo Hijo del
Padre? Con razón la liturgia del Viernes Santo ha puesto en los labios de Cristo crucificado
aquellas palabras de las Lamentaciones: “Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad, fijaos:
¿Hay dolor como mi dolor?”.
Pensando precisamente en ese momento, se dijeron aquellas palabras: “Sic Deus dilexit
mundum – ¡Tanto amó Dios al mundo!” (Jn 3, 16). Al comienzo de su evangelio, Juan exclama:
“Hemos contemplado su gloria” (Jn 1, 14). Y si preguntamos al evangelista: “¿Dónde has
contemplado su gloria?”, él nos responderá: “Bajo la cruz he contemplado su gloria”. Porque la
gloria de Dios consiste en habernos escondido su gloria, en habernos amado. Ésta es la gloria
más grande que Dios tiene fuera de sí mismo, fuera de la Trinidad. Más grande que la de
habernos creado y que la de haber creado todo el universo. Ahora que está a la derecha del
Padre en la gloria, el cuerpo de Cristo ya no conserva las señales y las características de su
condición mortal; pero sí que conserva celosamente una cosa y la muestra, nos dice el
Apocalipsis: las señales de su pasión, sus heridas. Y de ellas se siente orgulloso
porque son la prueba de su gran amor a las criaturas.
Tiene razón Jesús cuando nos repite hoy, desde lo alto de su cruz, con las palabras de la
liturgia: “Pueblo mío ¿qué más podía hacer por ti que aún no haya hecho? ¡Respóndeme!
Alguien podría decir: Sí, es verdad que Cristo nos amó entonces, cuando vivió en la
tierra; ¿pero ahora? Ahora que ya no está entre nosotros, ¿qué queda de aquel amor, a no ser un
pálido reflejo? Los discípulos de Emaús decían: “Hace ya tres días que sucedió esto”, y nosotros
nos sentimos tentados de decir: “¡Hace ya dos mil años…!” Pero se equivocaban, porque Jesús
había resucitado y estaba caminando con ellos. Y también nosotros nos equivocamos cuando
pensamos como ellos, pues su amor sigue aún en medio de nosotros, “porque el amor de Dios ha
sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5, 5).
Y ésta es la segunda verdad de este día, que no es menos hermosa e importante que la
primera: Tanto amó Dios al mundo, que nos ha dado el Espíritu Santo. El agua que brotó del
costado de Cristo junto con la sangre era el símbolo de ese Espíritu Santo. “En esto conocemos
que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu” (1 Jn 4, 13).
Recordemos esta frase de Juan, que es la síntesis de todo; significa que Jesús nos ha dejado
como regalo a sí mismo todo entero, todo su amor, pues él “vive por el Espíritu” (1 P 3, 18)

Inmaculado Corazón de María

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