Lecturas
Misa Crismal
Is 61, 1-3a.6a.8b-9
Sal 88 (89) 21-22.25.27
Ap 1, 4b-8
Ev Lc 4, 16-21
Misa Vespertina La Cena del Señor
Ex 12, 1-8.11-14
Sal 115 (116B) 12-13.15-16bc.17-18
1Cor 11, 23-26
Evangelio según San Juan 13, 1-15
Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.
Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?».
Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás».
«No, le dijo Pedro, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte».
«Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!».
Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios».
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.»
Toda esta semana tiene como marco el tema de la Pascua. La misma es el corazón de nuestra fe. Los textos que vamos meditando nos presentan ese entramado, de vida y muerte, de amor y egoísmo, de comunidad o individualismo. El texto de hoy nos invita a mirar la comida pascual con los ojos de Juan, el discípulo amado. Es el único que nos trae este acontecer del amor hecho servicio. Mirando a Jesús, vemos que se levantó de la mesa se quitó el manto y se puso un delantal de servidor. Él dejando su condición divina, se revistió de nuestra frágil condición humana; para que lo nuestro fuera revestido de la dignidad de Hijos de Dios. Decía el Papa Francisco; ser hijo de Dios, es el mejor título que podemos tener.
Escuchamos que: “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin”. Un amor que genera comunión para llevar a cabo la misión que el Padre le ha confiado. Un amor ofrecido totalmente por todos, para que todos seamos uno. Escuchamos que dice el Maestro: “les he dado el ejemplo, para que hagan ustedes lo mismo”. Él no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida por todos.
Elegir entrar en la dinámica de la Pascua, vivida y celebrada como Pueblo o marcar el propio proyecto, en este caso en la persona de Pedro. “Tú jamás me lavarás los pies a mí”. Tal vez por el cariño de Pedro hacia Jesús, pero no escapa que aparece la tentación de ser nosotros los que queremos marcarle la cancha al amoroso plan de Dios. La respuesta es clara: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte».
“Hagan ustedes lo mismo”, es la respuesta que espera el amor totalmente entregado de Jesús. El nos enseña y manda a ser servidores del Reino. Esta es la misión del discípulo, del que comparte la mesa con Jesús. Al Papa Francisco le gustaba decir, no somos dueños ni patrones, somos servidores del Evangelio de la alegría.
Desde esta clave del Amor que se encarna en el servicio, Jesús nos deja en la Eucaristía y el sacerdocio, dos expresiones de seguir su ejemplo. Ser servidores animados por el mandamiento del Amor mutuo.
