Lecturas:
1er Lect Is 50, 4-7
Sal 21 (22) 8-9.17-18.19-20.23-24
2da Lect Fil 2, 6-11
Evangelio (Pasión) Mt 26, 3-5.14-27,66
Queridos hermanos y hermanas:
Año tras año el pasaje evangélico del domingo de Ramos nos relata la entrada de Jesús en Jerusalén. Junto con sus discípulos y con una multitud creciente de peregrinos, había subido desde la llanura de Galilea hacia la ciudad santa. Como peldaños de esta subida, los evangelistas nos han transmitido tres anuncios de Jesús relativos a su Pasión, aludiendo así, al mismo tiempo, a la subida interior que se estaba realizando en esa peregrinación. Jesús está en camino hacia el templo, hacia el lugar donde Dios, como dice el Deuteronomio, había querido «fijar la morada» de su nombre (cf. Dt 12,11; 14,23).
El Dios que creó el cielo y la tierra se dio un nombre, se hizo invocable; más aún, se hizo casi palpable por los hombres. Ningún lugar puede contenerlo y, sin embargo, o precisamente por eso, él mismo se da un lugar y un nombre, para que él personalmente, el verdadero Dios, pueda ser venerado allí como Dios en medio de nosotros.
Por el relato sobre Jesús a la edad de doce años sabemos
e a tom como lcd su Padre, como su casa paterna. Ahora, va de nuevo a ese templo, pero su recorrido va más allá: la última meta de Su subida es la Cruz.
La subida hasta la presencia de Dios pasa por la cruz. Es la subida hacia «el amor hasta el extremo» (cf. Jn 13,1), que es el verdadero monte de Dios, el lugar definitivo del contacto entre Dios y el hombre.
Para encontrar a Dios es necesario ser capaces de ver con el corazón. (1Sam, 16.7)
Queridos amigos, ahora nos asociamos a la procesión de los jóvenes de entonces, una procesión que atraviesa toda la historia. Juntamente con los jóvenes de todo el mundo, vamos al encuentro de Jesús. Dejémonos guiar por él hacia Dios, para aprender de Dios mismo el modo correcto de ser hombres.
Con él demos gracias a Dios porque con Jesús, el Hijo de David, nos ha dado un espacio de paz y de reconciliación que, con la sagrada Eucaristía, abraza al mundo. Invoquémosle para que también nosotros lleguemos a ser con él, y a partir de él, mensajeros de su paz, adoradores en espíritu y en verdad, para que su reino crezca en nosotros y a nuestro alrededor. Amén.
El año litúrgico – Benedicto XVI – Ciclo A – Semana Santa. Domingo de Ramos.
