Sábado 01 de agosto. MO (blanco) San Alfonso María de Ligorio.
Del Martirologio Romano
Memoria de San Alfonso María de Ligorio. Obispo y doctor de la Iglesia, que refulgió por el celo por las almas y por sus escritos, su palabra y su ejemplo. A fin de promover la vida cristiana en el pueblo, trabajó infatigablemente predicando y escribiendo, especialmente sobre teología moral, disciplina en la que es considerado maestro, y tras muchos obstáculos, fundó la Congregación del Santísimo Redentor, para evangelizar a la gente falta de formación. (1787)
Lecturas
Jer 26, 11-15.24
Sal 68 (69), 15-16.30-31.33-34
Evangelio según San Mateo 14, 1-12
La fama de Jesús llegó a oídos del tetrarca Herodes, y él dijo a sus allegados: “Éste es Juan el Bautista; ha resucitado de entre los muertos, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos”.
Herodes, en efecto, había hecho arrestar, encadenar y encarcelar a Juan, a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, porque Juan le decía: “No te es lícito tenerla”. Herodes quería matarlo, pero tenía miedo del pueblo, que consideraba a Juan un profeta.
El día en que Herodes festejaba su cumpleaños, su hija, también llamada Herodías, bailó en público, y le agradó tanto a Herodes que prometió bajo juramento darle lo que pidiera.
Instigada por su madre, ella dijo: “Tráeme aquí sobre una bandeja la cabeza de Juan el Bautista”. El rey se entristeció, pero a causa de su juramento y por los convidados, ordenó que se la dieran y mandó decapitar a Juan en la cárcel. Su cabeza fue llevada sobre una bandeja y entregada a la joven, y ésta la presentó a su madre. Los discípulos de Juan recogieron el cadáver, lo sepultaron y después fueron a informar a Jesús.
En asuntos de fe la arrogancia del especialista es una especie obstinada de ceguera que se esconde en toda forma de pedantería. La fe, que en el desierto de un mundo vacío de Dios, en la atmósfera grosera de prácticas de entretenimiento vacías de sentido descubre de nuevo el agua fresca de la palabia de Dios, puede ser inferior al especialista en conocimiento de crítica bíblica textual. Sin embargo, con frecuencia es infinitamente superior a él en clarividencia para percibir lo genuino que hay que sacar de esta fuente. La fatiga del hermano mayor seguirá existiendo siempre, pero no debería llegar a convertirse en obstinación que impida percibir la prodigiosa palabra del padre: todo lo mío es tuyo. El sacerdote debe preceder a los demás en la fe, más ha de tener también la suficiente humildad para imitarlos en la fe y creer con ellos. Él fortalece a los demás en la fe, pero también la recibe constantemente de ellos. Así pues, no es ni con mucho una trivialidad decir que hacemos entrar la fuerza de Dios en el mundo ante todo confiando en él. El primer «trabajo» que debe hacer un sacerdote es el de ser él mismo un creyente y el de hacerse cada vez más creyente. La fe no está presente sin más, por sí misma, sino que debe ser vivida. La fe nos introduce en el diálogo con Dios, que comprende por igual el hablar y el oír. Fe y oración están inseparablemente unidas. El tiempo que un sacerdote dedica a la oración o a escuchar las Escrituras no es nunca un tiempo pastoralmente perdido o arrebatado al hombre. Los fieles perciben si el obrar y las palabras de su párroco proceden de la oración o nacen solamente en la mesa de trabajo. Por encima de cualquier otra acción, el párroco debe llevar a su comunidad a la oración, introducirla en ella y, de ese modo, transferirla al poder de Dios. También aquí es válido naturalmente el recíproco dar y tomar: la oración es siempre oración comunitaria con toda la Iglesia orante. Por lo mismo, sólo se puede escuchar verdaderamente la Escritura cuando se hace conjuntamente con toda la Iglesia.
Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.
