Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

Bendito eres, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque revelaste los misterios del Reino a los pequeños.

Domingo 26 de julio. 17 durante el año. Feria (verde)
Este año no tiene lugar la memoria de los santos Joaquín y Ana, padres de la bienaventurada Virgen María. Saludamos a todos los Abuelos y los encomendamos bajo la protección de Santa Ana y San Joaquín.

Lecturas
1 Rey 3, 5-6a.7-12
Sal 118 (119), 57.72.76-77.127-130
Rom 8, 28-30

Evangelio Mateo 13, 44-52 o bien 13, 44-46
Jesús dijo a la multitud: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.

El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.

Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. “¿Comprendieron todo esto?” “Sí”, le respondieron. Entonces agregó: “Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo”.

Queridos amigos:
En diversas culturas existe el cuento según el cual a un hombre, a una mujer, o a ambos juntos, se les ofrece una vez la posibilidad de expresar un deseo cualquiera. ¿Qué quieren?
Ha llegado el gran momento de su vida, la gran fortuna parece casi tangible, pueden tener cuanto quieran, la suerte entra en su vida. Sin embargo, la mayoría de estos cuentos termina mal: el hombre y la mujer no llegan a un acuerdo, no encuentran qué decir, no saben elegir entre las posibilidades; al final regresan a la banalidad de su vida, la gran hora ha pasado y no han encontrado la respuesta, la fortuna.
Hoy la primera lectura y el Evangelio hablan de lo mismo, pero presentan un desenlace positivo y revelan también la condición para que el ser humano pueda encontrar la palabra que abre el acceso a la gran fortuna.
En el Evangelio tenemos dos personas que encuentran el gran tesoro y dejan todo para poseerlo; lo dan todo, se dan a sí mismos y así son felices. Pensaba enseguida en personas como san Francisco, santa Clara, santa Isabel y tantos otros anónimos de todos los siglos, que han encontrado el gran amor, la perla pre-ciosa, lo han dado todo y se han vuelto verdaderamente felices.
La primera lectura nos ayuda a comprender por qué tantas veces las cosas salen mal y cuál es, en cambio, la condición para que el hombre encuentre realmente la gran perla. Salomón no ha ofrecido a su vida.
Esta es la condición fundamental: la sensibilidad del corazón para ver, para comprender que aquí el Señor me ofrece todo. El filósofo Habermas dijo una vez que a él le faltaría la «musica-lidad religiosa», es decir, que en él no existiría el órgano para percibir, para responder a la realidad religiosa, como quizá alguien no tiene el órgano interior para comprender la belleza de la música.
En realidad, podemos decir que en muchos de nosotros está, en cierto modo, reducido al mínimo el órgano para comprender la felicidad, la verdadera fortuna, la gran perla que Dios nos ofrece. Está cubierta por muchas cosas superficiales, porque cada día estamos ocupados con tantas cosas secundarias que, sin embargo, llenan toda nuestra vida cotidiana y nos hacen incapaces de percibir el gran momento en el que Dios nos ofrece la perla. Así, una respuesta de la liturgia de hoy a esta pregunta sobre la fortuna es: debemos educar en nosotros mismos y en los demás este órgano que es capaz de percibir, de responder a la oferta de Dios; debemos liberarnos de las superficialidades que lo cubren todo, para tener la capacidad de un corazón sensible al verdadero bien.
Roguemos al Señor para que en nosotros crezca esta sensibilidad, la capacidad de percibir la belleza de su verdad, la belleza de su amor por nosotros, la belleza del amor al prójimo y de tantas realidades divinas que son la perla. Roguemos para que nos ayude también a ayudar a los demás: a liberarse de estos impedimentos, de estos obstáculos, para que puedan escuchar y percibir el verdadero bien de su vida.
El Evangelio añade otro elemento: los dos afortunados han encontrado el tesoro, pero este bien tiene un precio, es decir, deben darlo todo para obtener el verdadero bien, que tiene un valor tan grande que no se equipara a ningún otro, sino que supera todos los demás bienes. Con alegría, el mercader vende todo para tener la verdadera perla. Esto vale también para nosotros: Dios no nos quita nada de lo que es bueno, esto es absolutamente verdadero y seguro; al contrario, nos da el ciento por uno ya en esta vida, aquí en la tierra, y luego en la vida eterna. Sin embargo, nosotros debemos ir a su encuentro, debemos dejar lo que nos estorba, debemos darnos totalmente a nosotros mismos y así recibimos todo: para recibir todo debemos dar todo, darnos a nosotros mismos.
El gran amor no se recibe si no es abriéndose, entregándose.
El gran don se recibe solo con una gran apertura. Santa Teresa de Ávila decía: «El Señor quiere amigos magnánimos, genero-sos; quiere de nosotros una gran magnanimidad en el encuentro con Dios, con el gran valor de la divinidad»; esta magnanimidad es necesaria y vale la pena.
Finalmente, todavía dos observaciones sobre la tercera parábola del Evangelio de hoy. Habla de la red de Dios, en la que hay peces buenos y peces malos, como ya habíamos escuchado el domingo pasado, cuando se nos dijo que en el campo de Dios crecen la cizaña y el trigo. De nuevo aprendemos la paciencia de Dios, la tolerancia de Dios, que nos soporta y soporta también a los peces malos para salvar a todos.
Nosotros, en cambio, muchas veces no tenemos esta capacidad de tolerancia. Hace dos semanas, el Evangelio nos dijo que la tristeza por el mal del mundo y por los escándalos lleva a muchas personas a abandonar a Dios. La semilla no puede crecer porque los escándalos y la tristeza ocupan el corazón y ya no estamos presentes ante Dios. Aquí se dice lo mismo: muchos de nosotros no tenemos la tolerancia de Dios. Muchos dicen: «No soportamos el olor a podrido de estos peces malos», se van y así tiran la perla.

Benedicto XVI. Dios es la verdadera realidad. Homilías inéditas 2005 – 2017. (2026) Agape

Inmaculado Corazón de María

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Volver arriba