Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

El Mesías debía sufrir, y resucitar de entre los muertos, para entrar en su gloria

Sábado 15 de Mayo – San Isidro Labrador. F o ML – Blanco

Lecturas
Hch 18, 9-18
Sal 46 (47), 2-7

Evangelio según San Juan 16, 20-23a
A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús dijo a sus discípulos: Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar; el mundo, en cambio, se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al mundo. También ustedes ahora están tristes, pero Yo los volveré a ver, y tendrán una alegría que nadie les podrá quitar. Aquel día no me harán más preguntas.

 

La liturgia cristiana significa la adoración solidaria a Dios por los bautizados, sentándose juntos a la mesa con el Señor resucitado. Lo característico de ella es abarcar a todos, ser dispuesta, aunque en  diferentes funciones, por todos, pues todos son Cuerpo del Señor. El punto de partida de la liturgia es el Señor crucificado, de quien dice la Carta a los Hebreos que «ha padecido fuera de la ciudad», fuera de las paredes del templo, de los muros de la ciudad, y se ha puesto en camino hacia el mundo de los pueblos. ¿Es demasiado atrevido poner en relación espiritual la imagen irisada del sufrimiento «fuera de la ciudad» que nos presenta la Carta a los Hebreos con la regla fundamental de la liturgia que aparece en Mateo 5,23 y ss., según la cual, antes de hacer su ofrenda el cristiano debe abrirse para reconciliarse con quien tenga algo contra él? ¿No significa también la cruz erigida fuera de la ciudad que Dios se ha puesto en camino a través de Cristo hacia sus hijos enemistados y ha salido a su encuentro, pues su amor no es de los que espera a que el otro — ¡el culpable! dé el primer paso? ¿No significa todo ello, por su parte, que el culto cristiano a Dios tiene lugar en sentido radical siempre «fuera de los muros», que rebasa las paredes del templo y de la Iglesia, que su lugar es el camino hacia los demás, el escándalo de la cruz, que es la expresión de la humildad característica del amor perfecto? A mi juicio, la renovación de la teología del laicado debe situar aquí su punto de partida, en la teología y realidad renovadas del culto divino, que no es un privilegio de los clérigos, ni se debe encerrar en la urna de cristal de una historia espléndida, sino que, por su propia esencia, es culto divino realizado comunitariamente. La nueva teología del laicado que propone el Concilio, así como la apertura al mundo que se ofrece con ella, no puede consistir en que la Iglesia deje de ser comunidad espiritual reunida en torno a la palabra de Dios y el Cuerpo del Señor y se transforme en una asociación para la ayuda al desarrollo y la reforma del mundo. Ni en que deba dar ahora a la palabra de Dios menos importancia que en el pasado. Y todavía menos en que no deba ocuparse sino de cosas palpables e inmediatamente útiles. Por consiguiente, la «apertura al mundo» por parte de la Iglesia significa, más bien, poner en claro frente a una falsa clericalización la vocación y aptitud comunitarias para el servicio de adoración, manifestar de modo patente el deber misionero, que se halla por encima de la adoración y debiera definir su estructura. La genuina apertura al mundo de la Iglesia significa, igualmente, que la exigencia del cristiano no disminuye, sino que crece, se hace más urgente y abarcante.

Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.

Señor Dios, escucha nuestras súplicas, para que la predicación del Evangelio extienda por todo el mundo la salvación prometida por tu Hijo, y todos los hombres alcancen la plenitud de la adopción filial, que él anunció dando testimonio de la verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

Inmaculado Corazón de María

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