Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

«Hagan todo lo que él les diga.»

Jueves 16 de julio. MO (Blanco) Bienaventurada Virgen María del Carmen

Del Martirologio Romano

Solemnidad de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo, monte en el que Elías consiguió que el pueblo de Israel volviese a dar culto al Dios vivo y al que, más tarde, algunos buscando la soledad, se retiraron para hacer vida eremítica, y dieron origen, con el correr de los tiempos, a una orden religiosa de vida contemplativa, que tiene como patrona y protectora a la Madre de Dios.

Lecturas
Zac 2, 14-17
CR Lc 1, 46-55

Evangelio según San Juan 2, 1-11
Tres días después se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino.» Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía.» Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga.»

Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas.» Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete.» Así lo hicieron.

El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento.»

Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.

Queridos amigos:
¡Cuántas veces hemos meditado ya este maravilloso Evange-lio! Hoy quisiera extraer del tejido de este texto tres pequeños hilos para meditarlos con ustedes.
Primer hilo: María nos enseña a orar. María, con el corazón de una madre y la sensibilidad de una mujer, ve el problema de estos esposos, y esta sensibilidad hacia el otro es ya un primer punto que conviene señalar. Para el cristiano es esencial ver al otro y la oración debe ser por el otro, más que por nosotros mismos. Al mismo tiempo, podemos obtener la intercesión de María también hoy, porque nos ve e intercede por nosotros. Es importante observar que ella no le dice al Señor: «¡Haz un mila-gro!», no, de ningún modo, no indica un camino, sino que simplemente pone la miseria de las personas en las manos de Dios, dejando totalmente en sus manos qué hacer. Esto es importante, porque significa que, al orar, no queremos imponer a Dios nuestra solución, sino más bien que ponemos nuestra voluntad en la suya. Esto es esencial en la oración: poner nuestra voluntad en la suya, dejarle a Él qué hacer. Así la oración es ya un camino en la voluntad de Dios, un camino fuera de nuestra propia voluntad para colocarnos en la voluntad de Dios, y así es también un camino de purificación, de renovación.
Pero luego sigue un primer «¡No!» del Señor, expresado en dos puntos. Ante todo: «¿Qué me importa a mí esto? No es cosa que concierna a mi vida, a mi misión; estas cosas no pertenecen tener presente el nivel de las cosas, es borer que hay cosas que deben ser resueltas solo por nosotros, porque son pequeñeces que no debemos imponer al Señor. Aunque tenemos la libertad de ofrecer al Señor nuestro cuerpo con todas sus miserias, debemos aprender que no todo es solo de Dios, porque muchas cosas
En el segundo punto Jesús dice: «Aún no ha llegado mi hora».
La hora es la crucifixión del Señor y esta es la hora de la gloria de Dios. Es decir, Jesús debe seguir un camino: Dios mismo ha trazado un camino histórico, en el que las cosas tienen su lugar y no pueden ser colocadas arbitrariamente en otros lugares.
Esto significa que debemos esperar, debemos aprender que Dios sabe esperar, porque hay un camino de la historia, donde todas las cosas tienen su tiempo. Así como la crucifixión tiene su momento en la historia, también nosotros debemos aceptar que los caminos de la historia avanzan y debemos esperar, como Dios espera. Sabemos cuán paciente es Dios: espera. A veces pensamos: «No esperes tanto, sé más rápido, ¡ven ahora!». Pero Dios sabe cuándo deben hacerse las cosas, y de esta paciencia de Dios debemos aprender también nosotros a esperar con el Señor. Solo así llegamos a la voluntad de Dios, en este camino en el que nuestra voluntad se une con la suya.
Segundo hilo: María. María aparece dos veces en el Evangelio de san Juan: aquí al inicio del capítulo 2, donde comienza su camino, y luego al final, en el capítulo 19, en la hora de la Cruz. Pero estas dos apariciones de María son fundamentales y deben mantenerse unidas, es decir, están conectadas entre sí. La conexión se muestra sobre todo en dos palabras: «hora» y «gloria»; estas conectan precisamente el momento del inicio con el momento de la Cruz. La hora de Jesús es la Cruz, la gran Cruz, y la Cruz es también la gloria del Señor, el momento en el que el Señor se da totalmente a sí mismo y cambia la historia con este acto de amor, en el que Dios mismo se hace hombre y muere por nosotros, se vuelve amor puro; así esta humillación radical de Dios en la Cruz es la gloria, porque es el amor. Estos dos vínculos, entre una y otra hora, nos muestran cómo María pertenece precisamente al núcleo del misterio, está en el centro del misterio y se nos da precisamente para ayudarnos a aceptar el camino del Señor, a aprender a poner nuestras manos en las manos del Señor. Así, desde el inicio en el Evangelio de Juan, María está en el centro de la fe; no es algo añadido, como dicen los protestantes, sino que pertenece al núcleo del misterio y se nos da precisamente como madre, que ve nuestras necesidades y, como madre, nos ayuda y nos acompaña.
Tercer hilo: al final está la gloria del Señor, el milagro. Aquí es importante ver que la hora aún no ha llegado y no puede ser cambiada, y sin embargo Dios es omnipotente: anticipa la hora, aunque la hora aún no haya llegado. Ahora el don de su amor fluye ya en el vino, en las bodas del hombre. Y esta anticipación se encuentra siempre en los actos del Señor. Su segunda venida aún no ha tenido lugar, tiene su momento en la historia, y sin embargo en la Eucaristía el Señor anticipa siempre su hora y viene con la belleza de su amor. Por eso debemos comprender la belleza de la Eucaristía, en la que el Señor anticipa siempre de nuevo la hora, nos da su gloria, el gesto de su inmenso amor y, a través de la pequeñez de nuestros dones, hace accesible la inmensa realidad de su amor, de su belleza.
Aún otro aspecto: la abundancia. Parece absurdo que Dios, que Cristo, nos haya dado más o menos quinientos litros de vino para las bodas: habría vino para toda la ciudad y por mucho tiempo. Pero la abundancia es el signo del Señor. La abundancia es que Dios mismo se da por nosotros. Se ha observado que esto parece absurdo: «Si este Dios existe, es absurdo que muera por esta pequeña criatura, por este pequeño planeta». ¡No! Precisamente este es el signo del amor de Dios: que es abundante. Es una abundancia real: Dios mismo se nos da, lo hace, y esta es la gloria de Dios, la belleza de su amor, la dulzura de su bondad.
Al final, oremos al Señor para que nos ayude a aprender a orar, a poner nuestra voluntad en la suya, a orar como camino de transformación de nuestra voluntad en la suya.

Oremos para que nos ayude a aceptar y a participar en su paciencia. Y démosle gracias, porque Él se dona siempre de nuevo en la grandeza de su amor, en el don de la Santa Eucaristía. ¡Amén!

Benedicto XVI. Dios es la verdadera realidad. Homilías inéditas 2005 – 2017. (2026) Agape

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