Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

Dichosa eres, santa Virgen María, y digna de toda alabanza: de ti salió el sol de justicia, Cristo nuestro Señor.

Lunes 25 de mayo. Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia. MO. Blanco.

Del Martirologio Romano
Memoria de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, la cual, estando junto a la cruz de Jesús, recibió el encargo de ser madre de todos los hombres, nacidos a la vida divina por la muerte de Cristo; y los discípulos del Señor, esperando la venida del Espíritu Santo prometido, la encontraron perseverando en la oración con ellos, e invocándola como madre en los comienzos de la Iglesia.

Lecturas

Gn 3, 9-15.20 o Hch 1, 12-14

Sal 88 (87) 1-2.3 y 5.6-7

Evangelio según san Juan 19, 25-34

Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo». Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.

Después, sabiendo que ya todo estaba cumplido, y para que la Escritura se cumpliera hasta el final, Jesús dijo: Tengo sed. Había allí un recipiente lleno de vinagre; empaparon en él una esponja, la ataron a una rama de hisopo y se la acercaron a la boca. Después de beber el vinagre, dijo Jesús: «Todo se ha cumplido». E inclinando la cabeza, entregó su espíritu.

Era el día de la Preparación de la Pascua. Los judíos pidieron a Pilato que hiciera quebrar las piernas de los crucificados y mandara retirar sus cuerpos, para que no quedaran en la cruz durante el sábado, porque ese sábado era muy solemne. Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús. Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua.

María y la Trinidad
La Virgen María es, entre todas las criaturas, obra maestra de la Santísima Trinidad: en su corazón humilde y lleno de fe Dios se preparó una morada digna para realizar el misterio de la salvación. El Amor divino encontró en ella una correspondencia perfecta, y en su seno el Hijo unigénito se hizo hombre. Dirijámonos a María con confianza filial para que, con su ayuda, progresemos en el amor y hagamos de nuestra vida un canto de alabanza al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo.

Corazón del cielo
María fue elevada al cielo en cuerpo y alma: en Dios también hay lugar para el cuerpo. El cielo ya no es para nosotros una esfera muy lejana y desconocida. En el cielo tenemos una madre. Y la Madre de Dios, la Madre del Hijo de Dios, es nuestra Madre. Él mismo lo dijo. La hizo Madre nuestra cuando dijo al discípulo y a todos nosotros: «He aquí a tu Madre». En el cielo tenemos una Madre. El cielo está abierto; el cielo tiene un corazón.

    María es ejemplo y apoyo para todos los creyentes: nos impulsa a no desalentarnos ante las dificultades y los inevitables problemas de todos los días. Nos asegura su ayuda y nos recuerda que lo esencial es buscar y pensar «en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (cf. Col 3, 2). En efecto, inmersos en las ocupaciones diarias, corremos el riesgo de creer que aquí, en este mundo -en el que estamos sólo de paso- se encuentra el fin último de la existencia humana.
    En cambio, el cielo es la verdadera meta de nuestra peregrinación terrena. ¡Cuán diferentes serían nuestras jornadas si estuvieran animadas por esta perspectiva! Así lo estuvieron para los santos: su vida testimonia que cuando se vive con el corazón constantemente dirigido a Dios, las realidades terrenas se viven en su justo valor, porque están iluminadas por la verdad eterna del amor divino.

    Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del cuerpo místico de Cristo. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos, y al mismo tiempo encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre. El evangelista san Juan concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: «Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa» (In 19, 27). Así es la traducción española del texto griego: Eis tá ídia; la acogió en su realidad, en su ser. Así forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Este aceptarla en nuestra vida (eis tá idia) es el testamento del Señor. Es decir, en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja como herencia preciosa a cada uno de sus discípulos, a su misma Madre, la Virgen María.

    Encomendémonos a [María] para que guíe nuestros pasos en este nuevo período de tiempo que el Señor nos concede vivir, que nos ayude a ser auténticos amigos de su Hijo y también valientes artífices de su Reino en el mundo, Reino de luz y de verdad.

    Catequesis 2, 1, 2008. Benedicto XVI María del Si. Pensamientos Marianos. Es. Ciudad Nueva (2021)

    Inmaculado Corazón de María

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    Volver arriba