Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Domingo 24 de mayo. Misa de la Solemnidad de Pentecostés. Rojo. Después de Completas concluye el Tiempo Pascual. Comienza el la 2da Parte del Tiempo durante el Año.

Lecturas
Hch 2, 1-11
Sal 103 (104), 1.24.29-31.34
1 Co 12, 3-7.12-13

Evangelio según San Juan 20, 19-23
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!».

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes».

Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».

Queridos amigos:
Cada una de estas tres lecturas de la Liturgia de Pentecostés pone de relieve un aspecto esencial del misterio del Espíritu Santo. Quisiera aludir brevemente a estos tres elementos que aparecen en la liturgia de hoy.
En los Hechos de los Apóstoles encontramos esta maravillosa narración de cómo nace la Iglesia. Nace en el sentido de que todos hablan en todas las lenguas, y cada uno escucha a los Apóstoles hablar en su propia lengua. La Iglesia nace católica; desde el primer momento es una Iglesia universal. No es que primero nazca una Iglesia local y después otras, y luego se forme una confederación. No: primero está la Iglesia universal, que habla todas las lenguas, que es católica desde el inicio, y después se comunica a los demás, creando Iglesias particulares, que son todas expresión de la única Iglesia.
El Espíritu Santo crea comprensión, abre fronteras, da paz, unidad y caridad, y de ese modo une. Detrás de este acontecimiento sentimos el eco de otra historia: la de la Torre de Babel (cf. Gn 11,1-9). Allí se cuenta que la humanidad se había unido en el centro de la tierra, había alcanzado un poder increíble y se sentía capaz de construir una torre hacia el cielo. Ya no necesitaba a la divinidad, porque la humanidad misma podía asegurarse el acceso al cielo, podía hacerse su propio dios, podía hacerlo todo. Pero justamente en ese momento de poder extremo, se dividieron: ya no se entendían unos a otros, se opusieron entre sí, y la torre no fue construida, no se completó.
Me parece una imagen de nuestra situación. Di hombre realmente ha alcanzado un poder impresionante: podemos fabricar al hombre, podemos destruir al hombre, podemos construir el mundo, podemos hacerlo todo; no necesitamos a Dios, nosotros mismos podemos crear nuestro cielo. Y precisamente en este momento de poder humano extremo, cuanto más Dios parece superfluo, tanto más surgen los conflictos entre los hombres, la violencia, la guerra, la destrucción. Donde está el espíritu de soberbia — nos dice el Evangelio — no crece la verdadera huma-nidad. Aparentemente el hombre puede todo, pero no puede lo esencial: amar, conocer la verdad, vivir en unidad con los demás y así vivir en un mundo de amor y de verdad.
No son la soberbia, el poder humano ni la ciencia los que construyen la puerta hacia el cielo, sino Dios mismo, que en su humildad se nos da. También hoy la unidad de la humanidad crece precisamente por la humildad de la fe, que crea islas de paz, islas de caridad, en un océano de violencia y de pobreza humana y espiritual. Así el Evangelio nos invita a dejar de lado la soberbia, a abrirnos al don del Espíritu Santo, a vivir la fe en Cristo, a vivir la catolicidad y, de ese modo, a vivir de la unidad de Dios que crea la unidad de la humanidad. Como católico, cada uno de nosotros habla en todas las lenguas, porque pertenecemos a la Iglesia que habla en todas las lenguas: es fuerza de amor y de reconciliación más allá de todas las fronteras.
Pasemos a la segunda lectura. En la narración de los Hechos de los Apóstoles hemos oído también que el Espíritu Santo viene bajo dos signos: viento y fuego. El fuego, fuerza de transformación y de renovación del mundo, aparece de un modo muy particular bajo la forma de lenguas, y cada uno recibe una. Es decir, este fuego del Espíritu Santo no es una fuerza informe que se vuelve destructiva, sino una fuerza personal, en la que cada uno recibe una lengua de fuego.
En su Carta a los Corintios, san Pablo nos dice en qué consiste esta lengua de fuego. La respuesta es muy sorprendente, quizás incluso decepcionante, porque no se presenta como algo grandioso. No: esta lengua de fuego que recibe cada creyente es una palabra, una palabra con la fuerza de la verdadera Palabra, una costés, «Jesús es el Señor»: esta es la confesión fundamental de la Iglesia, la que edifica a la Iglesia, la que da vida a la Iglesia. Esta palabra sencilla es verdaderamente palabra de fuego, porque crea la comunión de la Iglesia, nos introduce en la comunión de la Iglesia y así engendra aquella unidad que solo puede nacer del señorío de Jesús: esa unidad católica de la que hablábamos, que nace precisamente del señorío de Jesús.
Creyendo, confesando a Jesús, entramos en la comunión universal de la Iglesia y se crea esa profunda unidad. Y debemos recordar que la palabra «Señor», en el Antiguo Testamento, era la expresión para designar a Dios: no se osaba pronunciar el misterioso nombre de Dios, Yahvé; en su lugar siempre se decía «Señor», Kyrios. Así vemos la comunión entre Antiguo y Nuevo Testamento: Jesús es el Señor Dios, Él es ese Dios oculto. ¡Jesús, el Señor, es Dios! Y justamente esta realidad — el hecho de que Dios no sea una «cosa espiritual», sino nuestro Señor – lo cambia todo, nos da la medida de nuestra vida, nos da la fuerza de vivir según esta medida, nos renueva de verdad.
Y ahora la tercera lectura. El Evangelio nos cuenta cómo Je-sús, en la tarde del día de la Resurrección, con las puertas cerra-das, se presenta entre sus Apóstoles. El Espíritu Santo no conoce puertas cerradas: entra incluso a través de ellas. Lo hemos visto en el siglo pasado, cómo entraba y estaba presente incluso en las cárceles, cómo entraba y estaba presente incluso en los palacios de la ideología. El Espíritu Santo entra también a través de puertas cerradas: esta es la buena y hermosa noticia del Evangelio
de hoy.
Luego Jesús, después de saludar a los suyos, «sopló» – dice el texto – sobre ellos. Aquí vemos repetirse la mañana de la creación del hombre: el Génesis cuenta que Dios había formado al hombre del polvo de la tierra, pero que solo se convirtió en un ser viviente gracias al soplo de Dios; así el polvo se volvió ser viviente. Jesús repite este gesto de la Creación en un nivel más alto. Sí, el pulmón del hombre funciona solo si hay aire para respirar, pero el hombre necesita más que aire físico para respirar: el aire que el hombre, como hombre, necesita es el amor y la verdad. Y Jesús, al soplar sobre el hombre, recrea al hombre; es de nuevo el día de la Creación, y sólo si el hombre puede respirar el aire del amor que viene de Dios, también la vida física es buena; solo esta nueva Creación cumple y justifica la primera.
Jesús crea soplando el Espíritu, y aquí vemos también que el aliento de Jesús es el Espíritu Santo, y estamos cerca del Espíritu Santo si estamos cerca del aliento de Jesús. Este es el mensaje importante de este día: permanecer siempre cerca del aliento de Jesús, cerca de Jesús mismo, y solo así estaremos realmente en el aire del Espíritu Santo.
Después añade el Evangelio que este aliento de Jesús, esta nueva vida, es espíritu de perdón. Solo el perdón nos da vida, solo si hay perdón podemos aceptar la verdad de la norma de Dios, podemos aceptar la verdad del pecado. Si no hay perdón, tenemos que negar la culpa, negar la norma. El perdón nos da vida; estamos en la tuerza del perdón de Jesús: este es el aliento de Jesús, es el Espíritu Santo. Y finalmente, Jesús da a los Após. toles y a sus sucesores la facultad de perdonar: el sacramento, A través del sacramento, Él mismo mantiene en sus manos a la Iglesia: no somos nosotros quienes decidimos «esto y aquello», porque en el sacramento El mismo sigue siendo el Señor de la İglesia, permanece presente, actúa en medio de la humanidad.
Demos gracias al Señor por este don de su presencia permanente, que nos regala también un Pentecostés permanente.
En este Evangelio, hay una frase que a mí me gusta particularmente: «Los discípulos se alegraron de ver al Señor». Podemos comprenderlo: después del escándalo de la Cruz, de la noche, de las dudas, lo ven y se alegran: lo ven y se alegran. El verdadero don del Señor, el don del Espíritu Santo, es la alegría de que Jesús está, de que Dios está, nos conoce, está presente con nosotros. El verdadero don del Espíritu es la alegría del Espíritu Santo: es la alegría de ser amados, de ser conocidos, de saber que Jesús no está lejos, sino que está cerca de nosotros.

Oremos al Señor: Ven, Espíritu Santo, danos esta alegría de ver a Jesús, la alegría de ser amados y de amar contigo. Amén

Arellano, F. C. (2025). Benedetto XVI,“Il Signore ci tiene per mano”. Omelie inedite 2005-2017. Avvento, Quaresima, Pasqua. Prefazione di mons. Georg Gänswein. Introduzione di p. Federico Lombardi, Città del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 2025, 333 páginas. Scripta Fulgentina: revista de teología y humanidades, 35(69), 320-324.

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