Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

Aquí tienes a tu hijo. Aquí tienes a tu madre

Viernes 08 de abril. Blanco. Solemnidad de la Bienaventurada Virgen María de Luján

Is 35, 1-6a.10 o Hch 1, 12-14; 2, 1-4
C.R. Lucas 1, 46-55
Ef 1, 3-14

Evangelio según San Juan 19, 25-27
Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien Él amaba, Jesús le dijo: «Mujer, aquí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Aquí tienes a tu madre.» Y desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya.

«Bienaventurada tú que has creído». Así saluda Isabel a María. El acto de fe por el que María se convierte en puente de Dios hacia el mundo, habilitando de ese modo en él un espacio a la esperanza de lo bienaventurado, es esencialmente un acto de obe-diencia: hágase en mí según tu voluntad (estoy a tu servicio con todo mi ser). Creer significa para María estar dispuesta, decir que sí. En el acto de fe ofrece a Dios su propia existencia como ámbito sumiso para su acción. La fe no es una actitud como las demás. Su auténtico significado está en poner a disposición el propio ser, en ponerlo en sintonía con la voluntad de Dios, es decir, de la verdad y del amor. En la Encíclica sobre María, el Papa ha explicado con asombrosa profundidad la fe de María. De ella quisiera entresacar sólo dos elementos, que podrían proporcionar una comprensión más honda de la fe de María, es decir, de la fe como obediencia. En primer lugar, la alusión al salmo 40,6-8 y a la Carta a los Hebreos (10, 5-7), en la que queda expresado el acto de obediencia de Jesús al padre que se consuma en la encarnación y en la cruz: «no quisiste sacrificios ni oblacio-nes, pero me has preparado un cuerpo… Heme aquí que vengo… para hacer, joh, Dios!, tu voluntad. En su «sí» al nacimiento del Hijo de Dios en su seno por la fuerza del Espíritu Santo, María ofrece su cuerpo y su entero ser para que en él se realice la acción de Dios. En esas palabras la voluntad de María coincide, pues, con la voluntad del Hijo. La encarnación, el nacimiento de Dios es posible gracias a la consumación del asentimiento de las palabras «un cuerpo mehas preparado». Para que el nacimiento, la venida de Dios al mundo sea una realidad es preciso el asentimiento mariano, la coincidencia de nuestra voluntad con la suya. En la cruz se repite nuevamente esta situación de modo definitivo. Nada se trasluce ya de la grandeza del padre David, que había sido el objeto de palabras de promisión. La fe es lanzada hasta la situación de Abrahán, a la más completa oscuridad.
«Me has preparado un cuerpo, heme aquí que ven-go.» Si se aceptan estas palabras completamente y la oscuridad en que María se halla como expresión del asentimiento a Dios, se produce la perfecta unión de nuestra voluntad con la suya. La fe es comunidad de cruz. Sólo en ella alcanza su perfección. El lugar del desconsuelo supremo es el auténtico comienzo de la salvación. A mi juicio, debemos aprender nuevamente a tener devoción a la cruz, que se nos ha presentado a veces como pasiva, pesimista y sentimental.
¿Cómo podremos soportar la cruz cuando caiga sobre nosotros, si no la ejercitamos? Un amigo mío, que durante años necesitó diálisis de riñón y tuvo que sentir cómo la vida le era arrebatada poco a poco, me contó en una ocasión que siendo nino amaba de modo especial el camino de la cruz, a la que más tarde rezaría con devoción. Al conocer el terrible diagnóstico quedó como aturdido. Mas, súbitamente, cayó en la cuenta de que ahora se había hecho real aquello a lo que siempre había orado: ahora debes acompañarle realmente, pues has sido recibido por Él en el camino de la cruz. Así redescubrió la serenidad que emanaba de él hasta el último momento, el sosiego que le reveló la luz de la te. Para expresarlo con Guardini: tenemos que redescubrir «la fuerza liberadora que se esconde en el autodominio, perhas preparado». Para que el nacimiento, la venida de Dios al mundo sea una realidad es preciso el asentimiento mariano, la coincidencia de nuestra voluntad con la suya. En la cruz se repite nuevamente esta situación de modo definitivo. Nada se trasluce ya de la grandeza del padre David, que había sido el objeto de palabras de promisión. La fe es lanzada hasta la situación de Abrahán, a la más completa oscuridad.
«Me has preparado un cuerpo, heme aquí que ven-go.» Si se aceptan estas palabras completamente y la oscuridad en que María se halla como expresión del asentimiento a Dios, se produce la perfecta unión de nuestra voluntad con la suya. La fe es comunidad de cruz. Sólo en ella alcanza su perfección. El lugar del desconsuelo supremo es el auténtico comienzo de la salvación. A mi juicio, debemos aprender nuevamente a tener devoción a la cruz, que se nos ha presentado a veces como pasiva, pesimista y sentimental.
¿Cómo podremos soportar la cruz cuando caiga sobre nosotros, si no la ejercitamos? Un amigo mío, que durante años necesitó diálisis de riñón y tuvo que sentir cómo la vida le era arrebatada poco a poco, me contó en una ocasión que siendo nino amaba de modo especial el camino de la cruz, a la que más tarde rezaría con devoción. Al conocer el terrible diagnóstico quedó como aturdido. Mas, súbitamente, cayó en la cuenta de que ahora se había hecho real aquello a lo que siempre había orado: ahora debes acompañarle realmente, pues has sido recibido por Él en el camino de la cruz. Así redescubrió la serenidad que emanaba de él hasta el último momento, el sosiego que le reveló la luz de la te. Para expresarlo con Guardini: tenemos que redescubrir «la fuerza liberadora que se esconde en el autodominio, percibir cómo transforma al hombre el sufrimiento aceptado interiormente, darnos cuenta de que cualquier crecimiento esencial depende no sólo del trabajo, sino también del sacrificio libremente ofrecido».

Ratzinger, J. (2021). Cooperadores de la verdad: Una meditación para cada día del año (Vol. 201). Ediciones Rialp, SA.

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