Inmaculado Corazón de María

Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José

Miércoles Santo – Voy a celebrar la Pascua en tu casa

Lecturas
Is 50, 4-9a
Sal 68 (69) 8-10.21-22.31.33-34

Evangelio según San Mateo 26, 14-25

Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?». Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo. El primer día de los Ácimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?».

Él respondió: «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: “El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».

Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará».

Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?».

Él respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ése me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!».

Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, Maestro?». «Tú lo has dicho», le respondió Jesús.

La Fe, los Sacramentos y el Perdón no son nunca tan personales como en la penitencia. El sacramento de la penitencia es tan personal como la conciencia misma. Como quiera que sólo podemos ser sanados por la conciencia, no cabe eliminar la penitencia, el lugar de la suprema personificación de lo cristiano, sin lesionar algo que le pertenece esencialmente. Durante la celebración del día católico en München, el psicólogo A. Görres, que cooperó como experto en el Sínodo, formuló convincentemente el aspecto antropológico de nuestra pregunta con estas palabras: «es-toy convencido de que el abandono de la confesión personal supone, al menos psicológicamente, una gran pérdida y un enorme daño, por la sencilla razón de que la culpa y los sentimientos de culpa precisan un auxilio imparcial… El que alguien me dé la absolución en nombre de Dios y de la comunidad es una corporeización de la salvación, una experiencia decisiva a la que no sería prudente ni saludable renunciar.

No podemos permitirnos un espiritualismo semejan-te, ni podemos renunciar al signo corporal sin causarnos un gran daño». Con ello queda respondida en gran parte esta otra pregunta: ¿No debe la dimensión comunitaria del pecado encontrar también su analogía en el sacramento de la penitencia? Sin duda algu-gia en el sacramento de la penitencia? Sin duda alguna. Por de pronto, la dimensión referida aparece desde el momento en que no nos quedamos con nuestros pecados, sino que los confesamos. El sacerdote a quien los decimos no es un hombre privado cualquiera, sino un representante de la Iglesia. Un salir de sí semejante, en especial cuando el descubrimiento del propio ser afecta a lo más íntimo y personal, es apertura radical a la comunidad, la más enérgica negativa a cualquier género de autoerotismo, algo que jamás podría ser una fiesta comunitaria. Todavía debemos añadir algo más: un elemento esencial del sacramento de la penitencia es el acto de penitencia.
Por desgracia, el acto en cuestión se ha reducido cada vez más, recluyéndose progresivamente en el ámbito interior y privado. Cuando Jonás llegó a Nínive y pidió que se hiciera penitencia, todos sabían lo que ello significaba: ponerse el hábito de penitencia, ayunar y orar. Cuando los musulmanes celebran el Ramadán, saben lo que exige de ellos. Por lo mismo, perciben con toda claridad que la penitencia sólo puede tornarse realidad concreta para un pueblo, cuando tiene una forma comunitaria y un tiempo fijo en el curso del año. La penitencia ha perdido entre nosotros, desgraciadamente, casi toda forma comunitaria. Cuando los cristianos son exhortados a hacer penitencia, ya no saben exactamente qué es tal cosa: es posible que organicen una comisión o que se abandonen completamente a las convicciones privadas. Es preciso fomentar de nuevo la tríada clásica ayunar-orar-dar limosna. Por lo demás, los cristianos debemos reencontrar la capacidad para expresar comunitariamente y manifestar abiertamente nuestra distancia respecto de las trivialidades del mundo. En esa dirección debemos buscar el equilibrio adecuado entre el factor personal y el social de la penitencia. Si la absolución general llegara a ser la forma normal del sacramento, se invertiría la relación entre ellos:
lo auténticamente personal —confesión y absolución— se colectivizaría, en cambio, lo que exige una forma comunitaria —el estilo de vida de la peniten-cia, la transformación de la conversión en vida— se recluiría en el ámbito de la convicción personal. Así no puede crecer ninguna forma cristiana de vida, ni tener lugar una transformación cristiana del mundo en que la conversión penetre en la dimensión social.
Hoy no tenemos necesidad de ensayos como ésos, sino de todo lo contrario, sobre todo de la responsabilidad radical que corresponde a la confesión personal. Mas, de otro lado, necesitamos modos de vida comunes y públicos por virtud de los cuales los cristianos reclamen el derecho a la conversión e intenten de ese modo dar un nuevo rostro al mundo.

Cardenal Joseph Ratzinger. Cooperadores de la Verdad 4ta Edición.

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